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557 Eeouerdo el apuiite que hice on la cartera para que no se me fuese esta n o t a infantil: EDtre picos, palas y azadones, dos mil mamones. Sobre la playa, la galería del establecimiento; tras ella, la g r a n explanada que limita el Casino, el G r a n H o t e l é infinidad de fondas; y á espaldas de las construcciones, el Pinar, donde la gente pasea cuando no es hora de playa, n i h a y sombra en la acera ni, por de contado, se celebra en el salón de fiestas del Gi- ran Casino uno de esos conciertos musicales que jueves y domingos t r a e n hacia el Sardinero á todo Santander. Subamos al Piquio. La senda es corta, pero m u y empinada. Podemos descansar, sin embargo, en los bancos rústicos, sembrados con m u y buen acuerdo allí como en casi todas las peñas y montículos que dominan el mar del Sardinero. E l P i q u i o es la división n a t u r a l de las dos playas, y desde la altura extrema de la roca podemos c o n t e m p l a r ambas despacio y á gusto. A la derecha, la primera playa, animada y alegre, rica en n o t a s de color, plagada de casetas y V, f í Me EL SAEDIÍiEEO. -PltlJIEIlA PLAYA cestas de playa, realzada por las construcciones de p a r t e de tierra, y en la p a r t e de m a r por la isla del Semáforo, que alza sus i n s t r u m e n t o s de señales como la arboladura de u n navio; por la isla de Mouro, que divide la e n t r a d a de la bahía; por las lejanías de m o n t a ñ a que a n u n c i a n á Santander, tomando por el azul de la distancia el aspecto de u n oleaje inmóvil. A la izquierda, la segunda playa, quizá más despejada y g r a n d e que la priiñera, y desde luego parece doble por la ausencia de lujos, construcciones y perifollos. Es la p l a y a de los castellanos, de la gente de poco más ó menos; forasteros que viven hacinados en el b a r r i o de San Martín, y que h a n venido á S a n t a n d e r por los b a ñ o s y sólo por los baños. L i m i t a n esta p l a y a Cabo Menor primero, y luego Cabo M a y o r con la g r a n farola que a l u m b r a la e n t r a d a en alta mar. Y este es el Sardinero, playa hermosísima p (ío o) 9 aZa e) í dos como el viviente r u b í del poeta. Allí el mar, abierto, indomable, completamente entregado á sí mismo, muestra todas sus gracias y hermosura sin traerse la m ala intención con que se acerca á otras playas; el Casino, el P i n a r los grandes hoteles, ofrecen al b a ñ i s t a recreo y animación constante; los t r a n v í a s de v a p o r le t r a e n y llevan á Santander en u n periquete. Sin moverse de la a r e n a e n c u e n t r a atractivos para no cansarse: las peñas del mar, todo poesía; las peñas de la playa, todo conversación. P a r a los que somos de tierra adentro, las ciudades marítimas ofrecen palpitantes novedades en su modo de vivir como en su misma estructura topográfica. E n nuestras capitales, el movimiento, mucho ó poco (poco generalmente) es rigurosamente centrífugo ó centrípeto; es decir, ó parte del centro hacia la periferia, ó viene de toda la periferia