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555 Estaba de Dios que en Santander no hablamos de abandonar un momento la vida contemplativa. El deber nos arrancó de aquella bahía espléndida, mas al llevarnos á las playas del Sardinero, otra vez la admiración nos dejó inmóviles y mudos, tumbándonos de espaldas. STe esfig- uraretórica: echados boca arriba sobre la arena, entornados los ojos y puestas bajo la cabeza las cruzadas manos, contemplamos largo, larguísimo rato el mar del Sardinero, sublime en su furia como es sublime en su serena tranquilidad el mar de la bahía. Tendida asi nuestra mirada sobre el propio nivel del mar, veíamos el oleaje en toda su hermosura, la luz del sol tras la onda que poco á poco viene hacia nosotros hinchándose, la espuma con que se corona luego, como si invisibles manos arrojaran puñados de blanca sal sobre el reventado oleaje; el estallar de las olas en la punta del Piquio, en Cabo Menor, en las montañas que á la derecha nos denuncian la proximidad de Santander; blanco, vaporoso é intermitente romper de las espumas que llega á nuestros ojos como serie do fogonazos de innúmeras baterías que estuviesen bombardeando al Sardinero. Y más cerca, las rocas de la primera y la segunda playa, las del Semáforo y de San Boque, mojadas siempre por el batir constante de las aguas; y el Cantábrico, nunca tranquilo, atacando á la arena constantemente en olas tan pronto muertas como amenazadoras, rebeldes arrugas de un mantel que en vano se esfuerza en aplanchar solicita ó incansable mano. Un escritorha llamado al Sardinero el atrio de la bahía y esta frase dice más que párrafos enteros. No sólo es amplio peristilo por que situado á la entrada del paorto ábrese despejado hasta alta mar, como quien dice bástala -i, y va. UN DETALLE DEL PÜEKTO 1 i s -V íV- í, mm- puerta de la calle, sino que la diferente fisonomía del mar, ya en el Sardinero, ya en la bahía, da mayor exactitud á la frase. Prím. oro el Sardinero: allí las olas se arremolinan, se empujan, chocan y meten ruido como concurrencia que en el atrio del templo gi ita, alborota, se empuja y pugna por ganar la puerta de entrada. Luego la bahía: el mar tranquilo, silencioso, correctísimo; ni se oyen golpes ni levanta una onda más que otra; es el interior del templo, por donde discurren callados y respetuosos los fieles, verdadero templo con sus naves, sus cruceros y sus velas; la bulla del atrio no llega al interior; allá todo es alboroto, aquí todo tranquilidad desdo que los fieles, al entrar, han tomado el agua bendita. Dos ferrocarriles hacen continuo servicio desde el centro de la capital hasta las playas. Uno de ellos (el tranvía de vapor) os lleva por el barrio de Molnedo, sin ver el mar, hasta que os lo encontráis de golpe y porrazo al pasar junto al balneario de la primera playa. Otro (el ferrocarril al Sardinero) os conduce pegados á la costa, permitiéndoos admirar una serie de marinas que son como los apuntes del gran cuadro marítimo que habéis de mirar después en las alturas del Piquio. Marcha el ferrocarril por una calle paralela al boulevard, y veis á la derecha la bahía á trozos, verdaderos jffiHweaMX encuadrados por la manzana de las bocacalles; llegáis al barrio de San Martin, el simpático barrio obrero, en movimiento constante, y después á la Magdalena, tranquila playa de la entrada del puerto. El ferrocarril pasa sobre ella, deteniéndose á la misma puerta del hotel de Pérez Graldós, mansión lindísima, que se alza en el lugar artísticamente más estratégico de todos aquellos contornos. Subimos á saludar al maestro, á quien encontramos en el jardín dando de comer á los conejos. Admiramos la fa-