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554 Y nos declaramos platónicos a m a n t e s de la bahía santanderina en su aspecto regional, típico, casi exclusivamente pescador. El puerto chico, el muelle de las Naos, la dársena, la plaza del Pescado, todos estos sitios nos llam. alDan mientras huíamos de Maliaño, con sus nuevos muelles y flamantes machinas, sus vías férreas, sus almacenes y sus tristísimos recuerdos del Maehichaco. Acaso en esta mi r e p e n t i n a afición influyesen no poco l a s páginas de láotiUza, que p o r especial a r t e nemotécnioo LA DÁRSENA V E J A Y EL MUELLE r e s u c i t a r o n en mi memoria á la vista de aijuellos tipos y lugares l i t e r a r i a m e n t e eternizados por Pereda; quizás la vida pescadora (absolutamente nueva p a r a mí) me impresionaba con revelaciones t a n significativas como la de que en esta época de huelgas y redenciones todavía hay gente humilde que no piensa en u n a s n i en otras, que vive en constante peligro, y que quizás por eso es sencilla y buena de corazón, con esa bondad infinita que sólo nace en pe- cho h u m a n o al borde de la muerte. El hecho es que Mecachis y yo, sentados como chicos al borde de los muelles y agitando sobre el agua las piernas como dos Muergos, pasamos horas enteras codeándonos con los lobos de mar y aspirando el aroma de la sardina fresca. Venían las barcas escalonadas, vestidos los pescadores con sus ropas de agua p i n t a d a s de ocre, y el timonel guiando la embarcación con u n remo atado á popa. E n el muelle a g u a r d a b a n las vendedoras, los acaparadores, los encargados de la salazón y exportación. Se hacía el t r a t o en pocas palabras, y empezaba el desembarco de la redada. Contábanse las sardinas u n a por una; volaban las vendedoras descalzas de pie y llevando en la cabeza el capacho grandísimo y redondo; arreglaban otras el pescado en caías, mezclándolo con sal, y los pescadores subían hacia el barrio alto, con sus trajes y redes á cuestas, después de dejar al menor de los tripulantes el cuidado de baldear y limpiar la modesta embarcación. P o r la tarde llega el bonito, nombre que es u n sarcasmo aplicado á aquel pez abotagado y pesadote, negro como el betún, con aletas que parecen hoces de segar y cola ensanchada y curvilínea t a m b i é n como u n a media luna. Consumada la venta, desaparecen los pescadores, pero aún quedan paseando sobre los tablones del muelle los viejos marinos fumando sus pipas y hablando de que Fulano marcha avante y Mengano necesita carena. Son las creaciones del autor ilustre de la novela montañesa. A c a b a n de escaparse por entre las páginas de Sotüeza ó de mi fin de una raza, y vienen al muelle á t o m a r la brisa. Descubrámonos ante ellos. A p a r t e de su abolengo literario, ellos son los nietos de aquellos balleneros montañeses que t r a t a r o n de igual á igual con el rey de Inglaterra, de aquellos mareantes que dieron nombre ilustre á las cuatro villas de la costa, de los santanderinos que acogieron piadosos los restos de aquella desdichada Armada Invencible, de los auxiliares de San F e r n a n d o que- en la conquista de Sevilla dieron al traste con el puente moro de Triana.