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K O T A TRÁGICA J n el comedor del Hotel Continental. ¿Ven ustedes ese sitio que está desocupado? i Pues alii mismo íué donde cayó el día de la explosión un cuerpo humano LA SARDINA LA LLEGADA DEL EOKITO LOBOS DE MAE BANDA DE ESTRIBOR. -COGIENDO CONCHAS BANDA DE BABOR. ESPERANDO LA OLA De Barcena para allá, el mismo ferrocarril se detiene á cada momento para miraran rato. Diriase que, hasta Santander, está urbanizado todo el camino; cada dos ó tres kilómetros, una estación con movimiento constante de mercancías y- viajeros; se adivina la vida comercial de Santander tres horas antes de llegar á la capital de la Montaña. Asi pasáis junto á los amplios edificios de las Caldas de Besaya, por Torrelavega, por Eenedo, y caéis en la cuenta de que en aquel lindísimo camino, por ser todo variado, hasta lo son las estaciones, diferentes todas y no ajustadas á un patrón, como en todas las lineas sucede. Llegamos á Boo, al fondo de la bahía; la brisa del mar nos da en las narices un perfume sano, fresco y salobre; todavía andamos unos kilómetros sin ver el mar, y cuando ya el disco nos anuncia por un lado la entrada en agujas, dilátase por otro el espacio y conteniplamos un trozo de la bahía, tranquila mancha de un azul iluminado que se esfuma hacia nosotros desde la vigorosa linea del horizonte. -Como ustedes ven, esto es un coche parado, nos decía un santanderiuo, apoyado como nosotros en el balcón del hotel y teniendo enfrente la hermosa y dilatada bahía. -No, le respondimos, diga usted más bien que es un carruaje corriendo á galopo por medio de paisajes y marinas cada vez más encantadoras y esplendentes. El mar, en continuo movimiento, es por si mismo vario y mudable. Ya aparece claro, tranquilo y luminoso como luna de espejo que se limita á reflejar el azul celeste, ya aparece ensamblado y unido al cielo como si un difumino colosal hubiera esfumado la línea del horizonte; ya el Nordeste riza la bahía en pliegues largos y paralelos como los de una sobrepelliz recién aplanchada, ya el viento Sur revuelve, alborota y ennegrece las aguas, cerrando la entrada del puerto con muralla amenazadora y haciendo chocar unas con otras en horrísono castañeteo las barcazas de la sardina aprisionadas en la dársena grande. Esto en lo que toca tan sólo á la líquida planicie de la bahía. Poned ahora sobre ella los grandes trasatlánticos, verdaderas islas artificiales; los vapores que hacen á diario la travesía entre Bilbao y Santander; los vaporcitos que cruzan cada dos horas la bahía y os llevan al Astillero, á edreña y al Puntal; las balandras, los quechemarines, los bergantines, las fragatas, todo aquel cúmulo de barcos de vela llamados á desaparecer por el progreso (como dicen que lo está la poesía) sin duda porque ellos son también la poesía de los mares. Débiles, anticuados, cimbreándose á cada sacudida del mar ó al menor golpe de los vientos, son mil veces más poéticos y sugestivos que los modernos vapores, semejantes á inmensas cocinas económicas, sin más gracia ni más movimientos que el de avance, obscureciendo el aire con el humo de sus chimeneas, lanzando el antipático graznido de las sirenas de vapor, agujereando horriblemente las ondas con el potente berbiquí de la hélice. -Han tenido ustedes mala suerte, nos decían. ¿Por qué razón? -Ahora no hay anclado ningún trasatlántico. ¡Valiente cuidado nos dan los trasatlánticos mientras podamos ver todas las mañanas y todas las tardes la llegada de las lanchas de la sardina y del bonito, ya á toda faerza de los remos, que dan á la lancha el aspecto de un patudo crustáceo, ya á velas desplegadas, mostrando á nuestros ojos las mil graciosas curvas, los diez mil esoorzos que presenta, bien mirada, una vela latina.