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552 La luz del quinqué, lanzando sus últimos destellos antes de que la aurora pensase en sustituirlos. No hay bien ni mal que cien años dure. Llegó por fin el expreso, y llegó el maldito poniéndose la venda; es decir, silbándonos, cuando el silbado debía ser él. Entramos en el vagón, echamos á andar camino de Falencia, y con esto quedó terminada nuestra primera y muchas veces vista aventura de la Venta de Baños. La del alba sarta cuando pasamos por Falencia, y seguimos á todo correr, ganando tiempo, con tal jaleo de ruidos, vaivenes y temblores dentro del vagón, que no parecía sino que el tren rodaba como un mingo impelido por colosal tacazo en medio de aquella tierra lisa y llana como una mesa de billar. En Eeinosa jya se sabe! parada y lavabo público. Muchos viajeros se echaron al andén como locos, metieron la cabeza en sendas jofainas y entraron de nuevo en el vagón sacudiéndose como perros de lanas. -No hay cosa como ésta para sacudirse- ¡Hombre, pues me gusta! decían los compañeros apartándose. -Para sacudirse la pereza, quiero decir. Eodaba el tren en plena montaña, y el cristal de la ventanilla parecíanos el cristal de un poliorama encantador y variadísimo. Cruzando valles y horadando montes, describíamos curvas y más curvas, pasábamos por alturas colosales; pero aquella anchura de horizonte proporcionada á la profundidad de los valles quitaba todo aspecto terrorífico á la atrevida línea; allá abajo las casas montañesas nos mostraban su techumbre de teja menuda y encarnada: parecían granadas recién abiertas: caminos grises faldeaban las montañas, trazando mareantes curvas como esas cintas de serpentina que arrojaban en Madrid estos Carnavales. De pronto se obscurecía el aparato óptico, pasábamos un túnel y cambiaba de vista el poliorama. Puentes antiquísimos, esos puentes de ojo apuntado y cumbre á dos vertientes, parecían doblarse sobre arroyos clarísimos; marchaban las carretas sobre ruedas macizas y al paso tardo de los bueyes; la montaña seguía mostrando tonos y más tonos verdosos, según las especies arbóreas que en sus faldas y cumbres crecían; cada revuelta del tren, cada paso de túnel nos traía un paisaje montañés siempre y siempre nuevo; que en aquella hermosísima tierra, lo mismo la montaña que el mar, constantemente son los mismos y constantemente tienen nuevas cosas que ver. R E I S O S A -L o s LAVjlBOS DE LA EhTAClüS uren de Solares, Con In íiljin; q lao uucinas dü los tranvías del Sardicero, las campanillas de los carros de la limpieza, las zumbas y esquilas de las bestias que trancan en el muelle, y los pitos do ios c; ipilaoes, basta y sobra para yolverse loco. LOS CONrESONAKIOS DEL SAilDIXEIlO LA PESCA DEL ATÚN