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DOÑA FRANCISCA DÍAZ CARRALERO LLAMADA LA CIEGA DE MANZANARES Personas ilustradísimas y muy sabedoras de que todo lo noble, lo bueno y lo digno encuentra un eco cariñoso y fiel en estas modestas páginas de BLANCO Y NEGRO, nos han dispensado la honra de significarnos su deseo de ver aquí reproducida la imagen de esta mujer extraordinaria que después de haber causado por espacio de más de medio siglo la admiración de reyes, principes, magnates, literatos insignes, altas dignidades de la Iglesia y de cuantas personas, en fin, tuvieron la dicha de conocerla y de escucharla, acaba de morir como había nacido, pobre y ciega, en la cercana villa de Manzanares. Pudo ser rica, y todo el dinero que recogía, á veces en grandes cantidades, lo repartía entre los demás pobres. Pudo habitar suntuosas moradas, y prefirió seguir mendigando para conservar su amada independencia. Siendo muy niña aprendió el latín, escuchando las primeras lecciones desde la calle por una reja de un colegio de niños. El profesor, asombrado al oirle un día repetir de memoria lo que á sus alumnos les costaba tantos afanes y tantos libros, completó la educación de la ciega, quien pocos años después dio en Grranada una mayor prueba de su inmenso talento disertando en latín con él arzobispo y los canónigos de aquella catedral. Pudieran llenarse muchos volúmenes relatando anécdotas referentes á esta mujer singularísima y reproduciendo sus maravillosas improvisaciones. BLANCO Y NEGRO no cuenta más que con el espacio indispensable para rendir este humilde tributo á la memoria de la Ciega de Manzanares, publicando su retrato, hecho por nuestro distinguido redactor Huertas, y transcribiendo á continuación una de sus más inspiradas poesías, que obtuvo el primer premió en los Juegos Florales celebrados en Zaragoza el año 1874. A LA VIRGEN DEL PILAR DE ZARAGOZA A los pies, Madre mía, de tus altares, llega humilde la ciega de Manzanares; ciega y postrada, tu grandeza presiente, mas no ve nada. No veo de tu templo las anchas naves, tu bendita Capilla, tus frescos suaves. Con mi amargura, no alcanzo á ver, Señora, tu imagen pura. Sepulta noche eterna mi vida en llanto, y hoy á tus pies rendida gozosa canto; que en mi deseo, con los ojos del alma todo lo veo. Yo siento en mi entusiasmo, regocijada. la inmensa concurrencia tan animada que cada día á tu templo se acoge, Virgen María. Yo escucho cómo laten los corazones al dirigirte todos sus oraciones. ¡Qué dulce encanto es oir cómo besan tu Pilar Santo! Siega constantemente tu escalinata una lluvia dulcísima de cobre y plata. Yo, Madre mía, sólo puedo ofrecerte mi poesía. Yo de remotas tierras aquí he venido á cumplirte, Señora, lo prometido; y en dulce calma, un suspiro te dejo con toda el alma. Préstame, Madre mía, gracia y aliento, para que siempre cante con dulce acento gratas memorias, mis penas y tristezas y á más tus glorias. Libra á tus nobles hijos de peste y guerra, y torna en paraíso su fértil tierra; pues tú, Señora, eres de todo el reino la protectora. Adiós, Virgen bendita, Eeiua del Cielo, de los zaragozanos gloria y coasuelo; que á. tus altares pueda volver la ciega de Manzanares.