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550 A primera vista parece u n palacio de exposiciones. No h a y nada de eso; allí no haj más exposición q ne u n a en el piso de arriba, y de esa no puedo h a b l a r porque no la vi; pero, en fin, verde y con asa mejor dicho, verde y con raqueta- ¿Qué opina usted del Gran Casino? me preguntaron desde la explanada de Campo hermoso. Y yo, fijándome en sus torres y cúpulas, en la gran terraza y en las pilastras con bolas de piedra que la limitan, contesté: -Me parece u n a catedral encima del puente de Segovia. L a entrada es m o n u m e n t a l y magnífica. Un amplio vestíbulo y una hermosa escalera de mármol, modelo de ligereza y esbeltez, dan acceso al salón de fiestas; la pieza principal de la casa, quizás algo recargada en materia de adornos arquitectónicos, pero muy decorativa indudablemente. Aquellas cariátides que sobre la galería de tribunas simulan sostener el techo, tienen unos brazos que p a r a si los quisiera la Zurrióla, porque son verdaderos brazos de mar. En u n a noche de gran espectáculo es hermoso el que presenta el G- ran Casino. La orquesta en el escenario preludia V T l s W ¡iB pS Sll MW l j l 1 í s Elj UllAS CASIKO u n vals, u n rigodón ó un jjas a, quatre; la crema femenina de Guipúzcoa, de Madrid, de España entera, porque toda España va á San Sebastián, danza graciosamente sobre el pavimento encerado y reluciente como u n espejo; mariposean ellos, luciendo el frac (esa americana con ocla) ó el smoking (ese frac rabón) los fumadores contemplan el baile desde las dos serves semicirculares situadas á babor y á estribor del salón de fiestas; y empleo esta terminología porque, en efecto, parecen las aerres los dos tambores de u n vapor de ruedas, desde donde se imprime movimiento á aquella inmensa máquina de bailar; llénase la gran terraza, las galerías superiores, los pasillos y las tribunas, y sólo entonces puede formar el turista idea exacta, no ya de la cantidad respetable, sino de la calidad superior. de la colonia veraniega de San Sebastián. Vimos los billares, las mesas de tresillo, los cahallitos (un Tío Vivo de nueva invención) y cuando íbamos de salida, preguntamos: ¿Pero n o nos queda nada por ver? -La Biblioteca- ¡Bah! -Los baños- -Ya no es hora. -Entonces- -Mire usted; nosotros, como periodistas, llevamos el carnet en u n a mano y el lapicero en otra: ¿cree usted que no hay en el G r a n Casino otro sitio donde podamos apuntar alguna cosa? Y sin aguardar contestación, salimos acordándonos del undécimo mandamiento. ¿Qué h a r á n en invierno los donostiarras de esos magníficos hoteles de la Concha, de ese G r a n Casino, de esas inmensas barriadas que se extienden desde el boulevard hasta la Avenida? Tal es la p r e g u n t a que se hace el viajero t r a s el primer grito de admiración ante la soberbia capital guipuzcoana; y al imaginarse uno de esos inviernos de la costa, n o y a con sus nieves cano sino con sus lluvias pasado por agua, piensa que la cuidadosa Administración municipal de la bella Easo debe g u a r d a r en sus almacenes buen n ú m e r o de lonas, embalajes y fij- ndas que conserven todos aquellos lujos para la próxima temporada, bien así como los dependientes de u n t e a t r o tienden al a c a b a r la función sendas percalinas sobre butacas y palcos hasta que llega la hora de la función siguiente. Parécele á uno ver las villas y chalets de la p l a y a tapados, como las sillas en verano, con fundas cenicientas, en cuyo centro campean las iniciales del dueño bordadas á la cadeneta; el Gran Casino cubierto por inmenso armazón