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Bajada de t ulaiioana, de Menganorriela ó de ZiiUmúa, varios tablones para que los parroq iiianos no so h u n d a n en la arena, una pareja de bueyes p a r a el subir y bajar de los barracones siguiendo el movimiento de las mareas, y u n barracón especial, sólo cerrado por la espalda, para comodidad y asiento de los mirones. Las bañeras, con sus sombreros de paja y sus largas túnicas de tela negra, pululan en la parte do la p l a y a dedicada exoUisivamente al bollo sexo. Descalzas de pie y pierna, liacen media sentadas á la sombra ó pasean agu, ardando la venida al b a ñ o de las primeras parroquianas. Diriase que son almas en pena ó reos de la Inquisición cumpliendo con el sambenito y la coroza alguna condena del Santo Oficio. Los bañeros no se dan punto de reposo aguijando á los bvieyes, que suben, bajan y alinean las casetas; tienden en largas cuerdas la ropa do baño do los que acaban de salir, limpian y fregotean los bártiúos, llenan de agua los cubillos de cada caseta en los grandes cubos que al efecto liaj dispuestos do trecho en treolro de la plaj a, y dejan que el sol seque poco á poco sus blusas impermeables y sus pantalones do agua, barnizados de amarillo. El ejército de bañistas empieza á descender hacia la playa. Llevan algunos las sábanas y toallas rusas atadas con correas, como m a n t a s de viaje; ostentan las niñas sus espaldares do hule, sobre los cuales se seca el pelo tendido; enoiérranse otros en los gabinetes de La leerla para bañarse por el sistema celular, mientras los más despreocupados cruzan la p l a y a entera con el trajo listado de baño. Parece que van a hacer ejercicios de agilidad ó de fuerza delante del respetable publico. En el fondo, metida en el m a r á algunas brazas, se ve una lancha anclada; en el extremo de sus palos tiene una pla- LA PLAYA taforma, á manera do las cofas de las antigu. as naos. De allí se arrojan los nadadores, y en torno de la b a r c a bucean y se ba, ñan sin miedo al golpe do las olas. Casi en el extremo de la iilaya, por la parte de Miramar, se distingue una caseta flamante, flanqueada por dos torrecillas coronadas por cúpulas casi esféricas. Es la irueva caseta con que la Diputación ha obsequiado á la familia real, y que ésta no aprovechará hasta la t e m p o r a d a venidera, porque en el año actual no se baña. Como n o t a alegre, simpática y común á todas las playas de baños, poro más bulliciosa en San Sebastián que en otra alguna, los niños j u g a n d o en la arena, abriendo zanjas, levantando monticulos, ganándose, s i n o el pan, los dulces con el sudor del rostro. Descalzos de pie y pierna, se meten dentro del agua los do la vanguardia infantil, alcanzando el ideal bellísimo de la niñez: mojarse, chapotear y ponerse perdidos do agua; los de afuera t r a s p o r t a n arena en oarretillas ó aran la playa con rastrillos, abren pozos casi artesianos, que al fin y al cabo el agua salo de ellos, ó fabrican quesos de arena, valiéndose p a r a molde de los pintados cubos do hojadelata. Las niñeras, entre tanto, cuidan la h e r r a m i e n t a sobrante á la sombra del corredor de la Perla, en donde mil curiosos contemplan el romper de las olas y el ir y venir de los bañistas con largos gemelos marinos. A poco de fijarnos en la animadísima y revuelta plaj- a, comprendemos que el desorden allí es puramente artístico, aparente nada más. Cada bañero cvdda su trozo como u n feudo; nada, en apariencia, separa la playa de señoras de la playa para ambos sexos, y sin embargo, cuando algún descarado ó ignorante quiere meterse en terreno vedado, los celadores de la playa acuden á recordarlo que ciertas cuerdas son t a n infranqueables como las murallas de la China; los baños tienen su reglamento de orden interior, que aparece pegado en cien tablillas, y que es todo u n monumento