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500 pronto se estilen las olas de San Sebastián, mansas, correctísimas, perfectamente educadas, lamiendo la curvilínea playa á manera de u n a hoz de espuma, como las olas de Biarritz, salvajes y furiosas, enarcando el verdinegro lomo allá en la playa de los locos y azotando á las peñas en horrísona y perdurable flagelación. P o r algo es malo pasarse de listo. Ni capricho, n i moda, n i influencia de la corte, n i nada más que justicia y razón h a y en el movimiento general del público veraniego hacia la playa guipuzcoana apenas comienzan los primeros ardores del estío. L a Concha es el número uno de las playas de baños. Con u n a concha así, cualquiera capital es peregrina. Formando inmensa C, no diré yo que sea u n a playa tirada á cordel, pero sí con cordel trazada, como se t r a z a n las elipses en los encerados de las escuelas. E n u n extremo de la C, el barrio del Antiguo, donde alza sus torres piramidales el palacio de Miramar; en el otro extre- niOj 1 puerto, la dársena vieja, el barrio típico y popular de los pescadores. Córrese hacia el mar la playa en pendiente t a n suave, en plano inclinado t a n próximo al plano horizontal, que por cada centímetro que el mar desciende en la marea baja, LA DAKSENA gana u n metro la tierra en extensión, y por poco que el m a r se eleve en la otra marea, hay que poner en movimiento ascendente á todas las casetas, gracias á esos pacíficos remolcadores que se llaman bueyes, y efectivainente lo son. L a isla de Santa Clara, clavada allá en medio, verdadero centro de u n a eireunfereneia cuya mitad fuese la Concha, viene á ser u n rompeolas natural, gracias al que las ondas llegan á la playa castigadas, tímidas y sin poder p a r a hacer daño. Y diriase que, además de rompeolas, es u n a especie de filtro mágico, merced al cual el agua del m a r llega limpia y pura, sin dejar, al retirarse, esa línea negra y m a l oliente formada por las algas, por los cuerpos muertos y por los mil desperdicios del mar. Añádase á esta perfección de la playa y á esta simpatía de u n m a r fuerte, pero civilizado, el empeño dé los donostiarras en hacer de su capital lo que se llama u n a t a c i t a de plata. Calles rectas, corriendo paralelamente y cruzándose en perfecta escuadra, hacen del plano, de San Sebastián nuevo u n emparrillado impecable; jardines cuidados hoja por hoja, fuentes públicas por doquiera, relojes eléctricos sobre una columna de hierro (vamos al decir, relojes con péndulo fijo) y sillas á porrillo en todos los boulevares, plazoletas, alamedas y paseos. La galantería y la amabilidad de San Sebastián es osa amabilidad perfecta que consiste en achicarse y desaparecer para que sólo brille y se luzca el huésped, el obsequiado. En efecto, h a y que revolver media población p a r a encontrar el elemento guipuzcoano. Vida madrileña en el boulevard por la mañana, vida madrileña por la tarde en el paseo de la Concha, vida madrileña por la noche en la terraza del Gran Casino; en todas partes u n a sucursal de Madrid, á la cual sucursal se h a n unido, por ese contrato que se llama de cuentas en participación la flor y n a t a de la sociedad elegante de provincias. Los gritos de las vendedoras que con el capacho rectangular á la cabeza pregonan las sardinas á mitad de tarde; el acento m a r c a d a m e n t e regional de los chiquillos que venden por la m a ñ a n a La Voz de Guipúzcoa, á mediodía los períó-