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CimlDalla, se ven infinidad de estanques donde ereco y so mnltiplica el ejercito do salmónidos destinado á la repoblación de los rios de España. Desde la truelia invisible que aprende á comer en una pila, basta la gran trnoba asalmonada que salta como un tiburón cogiendo en el aire la comida que la arrojan, las hay de todos tamaños, castas, edades y hasta hechuras. A través del agua clarísima se las ve moverse con agilidad graciosísima; las h a y aragonesas, norteamericanas, escocesas, y es fácil distinguirlas, si no por el acento, cuando menos por el traje, por el color do las aletas, por la r a y a del lomo, por el matiz de las escamas, por el recortado de la cola. Viendo t a n t a s y tantas al alcance do la mano, preciso es confesar que el valle do Piedra es el único lugar donde pueden pescarse truchas á bragas enjutas. Ningún establecimiento similar del extranjero ha podido lograr, sino á fuerza de gastos y do mil cuidados artificiales, la adaptación de las especies forasteras y la reproducción maravillosa que os de admirar en las Pesqueras de Piedra. Consiste esto no sólo en las propiedades naturales del río, sino en que la trucha encuentra aquí su mejor alimento, LAS PESQUERAS el camarón de rio, t a n a b u n d a n t e on Piedra, que á no ser por las truchas, es de creer que la plaga del camarón acabaría con el Monasterio, con los prados, con los árboles, llenaría las grutas y lograría p a r a r el movimiento de las cascadas. Tal es la cuna, netamente aragonesa, casi todas las truchas qu. e pueblan los rios de España. P o r donde creo yo, á fuer de buen aragonés, que si en otro tiempo no se movía u n harho en el Mediterráneo que no llevase grabadas en su lomo las b a r r a s de Aragón, bien podrían marcarse en el criadero las truchas jóvenes, p a r a que llevasen por esos jnurmuradores ríos, ó las armas de Aragón, ó simplemente las do Piedra: u n castillo roquero sobre tres piedras sueltas, las tres piedras fundamentales del Monastei io, ó sean los royos de A r a g ó n Alfonso I I Podro I I y J a i m e I el Conquistador. CllIADUltO Di; TRUCHAS Y he dejado para el final la Gruía del Iris, porque asi como la Cola del caballo es el espectáculo que entona al turista, preparándole para la excur. sión, la Gruta es la decoración final, la apoteosis obligada de todo aquel conjunto do maravillas; cansada el alma de contomEN L A G- KUTA DEL I B I S Plar prodigio tras prodigio y encanto tras encanto, cobra nuevas fuerzas en la Gruta; la rendida fantasía lánzase á la carrera otra vez con espolazo semejante. Cien voces había oido h a b l a r de la Gruta de Piedra, y otras t a n t a s descripcionos había leído; con datos tales me había forj a d o u n a g r u t a en la imaginación: mas el poner mi g r u t a imaginativa j u n t o á la verdadera Gruta del Iris, fué como pegar u n mal plano ridiculo y torcido, hecho en escala minúscula, de la planta do una catedral, en la puerta de la catedral misma, soberbia, grandiosa é indescriptible. Tal es la palabra de ritual, pero os imposible prescindir de ella. Indescriptible es desde luego lo que no- ¡Q. iuí irv, tnlidad! ¡Aaah! ¡Oooid- ¡Rediez, q c aiijero!