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487 rabies al Monasterio, ya sobre el coto redondo sometido directamente al abad, ya sobré los próximos puebleoillos, y hasta sobre la misma Calatayud. Los Pontífices tampoco se quedaron cortos en dádivas y exenciones; t a n t o que u n día el enyiado del obispo de Tarazona vio cerrarse ante él la gran p u e r t a de esa Tory- e del Homenaje, porque los frailes eran un. Estado dentro de otro Estado; sólo obedecían á la Santa Sede, aun estando enclavado el abadengo dentro de la diócesis de Tarazona. Las hei mosisimas ventanas de l a sala capitular recuerdan á las de P o b l e t en todos sus calados y parteluces. Es que los frailes fundadores del Monasterio de Piedra quisieron repetir punto por punto, sin duda, casi todas las trazas y adornos del monasterio catalán de donde venían. El refectorio inmenso, que sirve hoy de comedor en la Hospedería; los claustros altos, de t a n descomunales longitud y anchura que bien podrían servir para un record velocipédico de los que ahora se estilan; la m o n u m e n t a l escalera, t a n amplia, atrevida y gigante, que parece u n a doble cascada traída de afuera, solidificada, labrada y pulida por la milagrosa labor de algún fraile iluminado; los claustros bajos, extensísimos también, con sus bóvedas en ojiva y sus nervios que se encuentran, cruzan y besan, haciendo siempre la señal de la cruz todo da idea, no ya de la importancia histórica del edificio, sino del fabuloso número de cistercienses que debieron poblarlo, haciendo del Monasterio aragonés el Claraval español, donde sólo San Bernardo faltaba. Ni faltan tampoco en el Monasterio emplastos y chafarrinones con que el m a l gusto del siglo pasado envolvió las clásicas maravillas arquitectónicas. En las espantosas m i n a s de la iglesia es donde mejor puede verse esta lucha entre el arte viejo y el arte joven, descarado y atrevido; lucha en que los dos contendientes h a n rodado por el suelo, hiriéndose, machacándose y golpeándose sin piedad ni cuartel. El ábside viejo es lo único que se levanta en el fondo, escupiendo cornisas recargadas y florones de yeso pintarrajeado. De allí á la puerta todo son arcos heridos de muerte por la clave, dovelas que se caen como higos maduros, fustes descabezados y capiteles que r u e d a n por la hierba (pétreas víctimas del ejército bizantino y ojival que yacen abrazadas á las victimas del ejército invasor) recargados adornos de madera dorada, santos de yeso que dejan asomar por cuellos cercenados y mutiladas extremidades, oxidadas y retorcidas b a r r a s de hierro, trozos de retablo barroco, alas de angelote y dorados racimos apegados á la columna salomónica como á u n sarmiento. Y en todo, por todo y sobre todo, la hierba que crece, t a p a n d o heridas y ocultando cuerpos; los árboles abriendo sus brazos en señal de paz; flores y plantas trepadoras llenándolo todo, como alegando en la posesión de aquellos lugares xma tercería de mejor derecho; la soberbia naturaleza invadiendo también el poblado y afirmando con voz estentórea de despeñado t o r r e n t e que Piedra, lugar artístico sin duda, es sobre todo lugar de encantos y prodigios naturales, ante los que el arte poco ó n a d a puede sobresalir. Consideremos, en efecto, cuan diferente ha sido la labor del tiempo, en las grutas y cascadas por u n lado, en los monumentos y obras de arte por otro. Estas no son más que ruinas venerables; sobre ellas diríase que acaba de pasar el ejército clerófobo del 33 acuchillando á los frailes indefensos. Kecoi- dando tales escenas se sale al valle, y viendo las cascadas cree TORRE DEL HOMESAJE uno asistir á l a loca y frenética desbandada de los cistercienses arrojándose por rocas y precipicios con sus albos sayales y sus blancas cogullas, huyendo de la impiedad y de la barbarie. El tiempo, en cambio, mejora de día en día las maravillas naturales de Piedra. Filtrándose continuamente el agua, las grutas están cada vez más llenas de estalactitas y estalagmitas, el rio parece que estudia nuevos y más ingeniosos medios de precipitarse, el verjel y la floresta crecen en hermosura con los años. L a moda de las épocas y el espíritu destructor de los siglos h a n hecho aparecer y desaparecer sucesivamente del Monasterio la sencilla archivolta bizantina, el- calado ojival, las clásicas vislunrbres del Eenaeimiento, las abotagadas baratijas de Churriguera; y el tiempo, en cambio, no ha alterado en formas n i proporciones la original arqueología que ostenta la naturaleza en el valle. No sabréis á qué orden ni á qué estilo pertenece, m a s á todos ellos podéis acoínodarla, según vuestras aficiones y gustos. L a bóveda de verdura de los verjeles, como la bóveda estalagtítica de las grutas, lo mismo os puede t r a e r á l a memoria el cielo de u n a catedral cruzado de nervios que a r r a n c a n de las ménsulas hasta los rosetones, como la minuciosa techumbre de alfargo morisco llena de alicatados prodigiosos y de labores mareantes; lo mismo podéis ver racimos colgantes, ángeles carrilludos, monstruos y hojarasca acumulada por cualquier discípulo de Churriguera, como guirnaldas y cariátides del más puro estilo Benaoimiento. mmm Es h o r a de dedicar u n párrafo á las Penqueran, en donde el ministerio de Fomento tiene enclavado el Estableelmiento central de Piscicultura. E n l a p a r t e más baja del valle, allá donde el río recobra, para morir en el Jalón, la formalidad n a t i v a que tuvo en