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física que afirma qne el líquido toma la forma del vaso que lo contiene? P o r q u e aquí el rio, destrenzado, partido en mil hebras, huyendo á la desbandada por mil sitios, como obedeciendo á u n sálvese quien pueda de la ondas, no parece obedecer más que á su capricho, bellísimo siempre, genial y sublime como u n a calaverada artística. Mecachis me decía sonriendo, p a r a prob a r el temple de mis sentimientos zaragozanos: -Mire usted que si estas cosas las hiciera el Ebro Pero no; el Ebro, como río machucho, grueso y formalote, no está p a r a primores tales; no es posible u n i r la corpulencia del elefante con la agilidad de la ardilla; sobre que los encantos del río Piedra serían mucho menores á ser el agua aquélla menos límpida, clara y transparente. Además de esto, las aguas del Piedra llevan en suspensión t a l rumbo de elementos calizos, que recubren con capa pétrea los vegetales y conchas del fondo, las hierbas de la orilla, todo lo que directa y continuamente está sometido á su contacto. L a gota horada la peña, decimos muchas veces; pero aquí la gota horada peñas y hace peñas después, como se ve en la fantástica Gruta. Fácilmente se comprende, luego de ver aquellas maravillas aparentemente descuidadas y como dejadas en libertad, que una mano solicita y u n criterio artístico cuidan constantemente de que las avenidas n o deformen el variado y gra- GEÜTA DEL ARTISTA cioso curso del rio, de que las corrientes no se vicien y deformenj de que la maleza, creciendo á discreción, no oculte, ensucie ó tuerza las bellezas naturales. Y tal es la dificilísima labor que lleva á cabo D. Federico Muntadas; labor que consiste en asear, pulir y cuidar de la n a t u r a l e z a como puede asearse, pulirse y lavarse á u n a fiera, sin molestarla para que no dé zarpazos, sin darse á ver p a r a no i r r i t a r su salvaje instinto. Cuidar á P i e d r a y esconder la m a n o t a l es su trabajo meritorio. Trabajo colosal y difícil como conservar áurea y limpia la rizada cabellera de u n niño; si la dejáis inculta, el pelo se t o r n a r á l a n a al poco tiempo; si la cuidáis mal, el rubio se obscurecerá, desaparecerá con el agua el ensortijado y se convertirá en recta greña el menudo y gracioso rizo. El arte arquitectónico no es lo de menos en el i n t e r e s a n t e Monasterio de Piedra. El ilustro arqueólogo mallorquín D. José María Quadrado le dedicó largas páginas en los Recuerdos y bellezas de España; mas n o es cosa de e n t r a r aquí en largas disquisiciones acerca del arte ojival y del bizantino, n i de contestar á la p r e g u n t a famosa del arquitrabe. Empezado á construir el Monasterio á fines del siglo X I I terminado á mediados del X H I gracias á la munificencia de los Beyes de Aragón, claro es que su fábrica severa, monástica y u n si es n o es feudal, pertenece á los albores del a r t e mejor ó peor llamado gótico. Aquellas ruinas nos dan la historia del Monasterio mejor que pudiera hacerlo el más minucioso de los cronicones. L a Torre del Somenaje, cuadrada, alta y guerrera, nos indica el antiguo poderío de los frailes hijos de San Bernardo. Los monarcas aragoneses Alfonso I I el Casto, Pedro I I y J a i m e el Conquistador, concedieron derechos, privilegios y franquicias innume- D 03 Í FEBEKICO MUNTADAS