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IM inás tardar, preparándonos á las inipresioiies del siguiente dia, nos entregamos al sueño en la casa residencia de los Muntadas, cuya amabilidad, por lo intim a m e n t e cajiñosa, es más para agradecida que para contada. Cuando nos levantamos j a conocíamos de oídas el verjel prodigioso y el libérrimo y anárqnioo rio Piedra. Los mil rumores de la fronda, el chirrido nocturno de las cigarras, el canto do los pájaros al amanecer y el ruido continuo de la corriente al despeñarse en cien cascada. S; habían arrullado nuestro sueño en múltiple y original cascabeleo. Emprendimos la caminata llevando por guia el mejor, el único guía posible en aquellos celestes andurriales: D. Federico Muntadas, dueño y esclavo á la vez de aquella naturaleza salvaje, á la cual liay que cuidar diariamente conu) se cuida u n caballo hermoso para que su n a t u r a l fogosidad no lo haga desgraciarse en cualquier accidente. -Antes que nada, voy á entonar á ustedes, nos dijo mi distinguido amigo echando á andar. Y lo seguimos, pensando que habría que dar larga caminata para contemplar los prodigios de que no veíamos anuncio siquiera. Bajamos rampas, cruzamos pueutecillos rústicos, volvimos á bajar, y no Iiabiamos andado en j u n t o sesenta pasos, cuando, llegados á u n a plazoleta, hizo Muntadas que nos volviéramos. Ahí era nada lo que contemplaban luiestros ojos. La cascada más soberbia, la mejor, la más sublimo de aquel sitió, estaba ante nuestra vista: la Cola del caballo; es decii- todo el rio despeñándose entro las rocas, chocando con ellas al final para formar un pedestal de L COLA DEL CAB. ILLO espumas digno de aquella estatua gallardísima encerrada en h o r n a c i n a do rocas atrevidas y salvajes. I) Manuel Fernández y González dijo de la fuente de la P u e r t a del Sol que era u n rio puesto de pie. La C oZa f? e? caiaWo es un rio de cabeza, loco, desesperado, suicidándose en salto majestuoso, como debió suicidarse Safo en la roca de Léueade, su. elto ol gitón, al aire el m a n t o blanquisimo, sonando por la propia fuerza del viento las áureas cuerdas de aquella lira que había conmovido el corazón de la G- recia pagana. Tras la impresión. del asombro surgió en mí el más grande desconsuelo. ¿Cómo? ¡Hablamos ido á ver el rio Piedra, y contemplábamos su trágica muerte! Era como ir á visitar á u n caballero y ver que se arroja por u n balcón á tiempo que nosotros entramos por la puerta. Mas, aunque parezca parad, oja, suicidios t a n hermosos salvan á cualquiera. Un bell morir tuttd una vüa onora, como dijo el poeta. Cont 6 m. plamos mucho rato la inmensa cortina de agua; t r a s ella adivinamos misteriosas ho quedades que habíamos do visitar después; bandadas do palomas torcaces e n t r a b a n y salían, sorteando la colosal corriente. Sí; tras la Cola del caballo presentíamos la g r u t a prodigiosa del Iris. La Cola era soberbia; la baticola ora muchísimo mejor. Tenía razón Muntadas: el espectáculo nos había entonado como él quería; con semejante aperitivo, dispuestos estábamos á devor a r las restantes maravillas naturales, aquel diapasón había puesto á tono nuest i a s almas; ari iba, pues, con los corazones... y con las puernas por escalones de piedra, rampas do troncos, puentecillos y túneles. que contar paso á paso todos los de nuestra expedición? ¿Cómo describir u n a por u n a todas las cascadas, la del Iris, el Baño de Diana, el Tórrenle de los Mirlos, Los Fresnos, altes y ba- CONTEMPLANDO LA COLA DEL CABALLO W