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VIAJES DE BLANCO Y NEGRO MONASTERIO DE PIEDRA s- á V UMtMff r las tres de la tarde, con u n sol que lazalDa fundir la techumbre metáli 5 la estación del Mediodía, salimos expreso de Zaragoza MecacAís, Hueryo. Dentro del vagón, la tela ceni, a de los asientos tenia el color y la eratura del rescoldo; los convexos IOS del almohadillado parecían gruesos L; arrillotes dando resoplidos; la llama que apareció de pronto en el farol, cuando faltaba algún tiempo para anochecer, creim. os que era el comienzo de la combustión espontánea del coche. No vimos húsares en Alcalá, n i ingeVISTA GENERAL nieros militares en G- uadalajara, n i seminaristas en Sigüenza; h u í a n todos, como es lógico, de los rigores de la estación y éstas se alzaban m u d a s y solitarias, con su letrero en la frente, su reloj de fuelle en las narices, y su campana, que en aquel sitio y á aquella h o r a n o parece tocar más que á fuego. Y e n t r e t a n t o el expreso corría y corría, echando brasas por debajo, humo por arriba, salivazos de vapor á cada rugido del silbato, como u n infeliz á quien se le ha prendido el traje y corre y corre, queriendo inútilmente h u i r del fuego. ¿Ustedes van á comer? nos preguntó allá por Q- uadalajara u n mozo del r e s t a u r a n t ambulante. ¿Qué es esto? ¿tan faustas novedades en los expresos españoles? -Sí, señor; el vagón- restaurant va á la cabeza. ¡Cielos! dijimos nosotros, buscando u n a explicación á nuestro calor horrible; ¿nos habremos metido en el cochefogón? A las ocho llegábamos á A Iháma; cenamos á l a aragonesa, gracias á la amabilidad de nuestro anfitrión el amigo Martínez, encargado del servicio de coches entre Alhama y el Monasterio, y á las diez nos dio la voz de alto Kamoncito Muntadas, que subiendo al pescante de u n magnífico coche de camino, mientras nosotros ocupábamos la imperial, se dispuso á subir en u n a hora los diecisiete kilómetros que median entre A l h a m a y el famoso Monasterio, que hogaño debe t a n t o á los Muntadas como a n t a ñ o debió á los frailes oistercienses. Doble tronco de brio OS caballos a r r a s t r a b a el coche como u n a pluma; aspirábamos aquel aire nocturno embalsamado con sanos aromas del monte, y no podíamos menos de compararlo con ese aire viciado que se respira en Madrid á la misma hora, atmósfera insoportable y sucia qué de cerca se masca y de lejos se distingue como obscura neblina tapando edificios, árboles y faroles. La carretera de Piedra sube como u n reptil; á uno y otro lado las m o n t a ñ a s asoman sus cabezotas para contemplar el gigantesco ofidio, p o r cuyo lomo grisáceo r u e d a n los coches; de trecho en trecho, j u n t o á los precipicios y resguardando la t a n g e n t e de las curvas, gruesos malecones se extienden en fila p a r a evitar vuelcos mortales. Allá, en u n a altura, se divisan unas luces: es el puebleoillo de Nuévalos, colocado entre peñas, verdadero capitolio r u r a l ó inexpugnable nido de hombres. Llegamos por fin á terreno llano; allá, en la cumbre, bordeamos largos y monásticos tapiales; llegamos á la Ton- e del Homeiiaje, sencillísima, cuadrada, bizantina; contemplamos u n momento sus severos matacanes y sus viejas almenas como dientes cariados; bajamos la cabeza p a r a transponer la t o r r e por u n a sencilla p u e r t a de medio punto, y sin