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458 Gracias á su posición pudo cultivar la pintura, desde que salió de la escuela, con u n a independencia de criterio que á pocos les es permitida, forzados por la necesidad de producir precisamente lo que se les encarga ó pide el público. Unoeta pudo permitirse el lujo de esos largos periodos de holganza, durantes los cuales el artista, tras las rudísimas luchas para conquistar el medio, se somete, como en la indiferencia del sueño, al desarrollo de las energías íntimas, asiste á la incubación de su personalidad, nebulosa que se va condensando entre alternativas de actividad febril acaparadora de materiales y calmas bienhechoras; en que de la vaga región de las sensaciones, tranquila y plácidamente, sin las precipitaciones que comunican cierto raquitismo á los temperamentos modernos, va condensándose la vaga materia que forma el carácter, t a n t o más fuerte y vigoroso cuanto más lenta y libre ha sido su formación. Sólo los artistas saben qué género de encantos y enseñanzas ofrece la vida campestre cuando después de u n a temporada de trabajo febril en el estudio, agotada la savia naturalista en empresas quiméricas y desesperados tanteos, haj- que lanzarse en busca del aire, de la luz, del espacio y de la tierra, á recibir las caricias, el baño de la verdad madre, cuyos sabores confortantes penetran las trémulas carnes y agigantan las fuerzas del espíritu individual, engrandecido por una como generosa transfusión de todos los espíritus de las cosas creadas. Cuando con aletazos de esperanzas inefables se h a desperezado el corazón rico de sangre nueva, resurge ese perenne genio de j u v e n t u d que j a m á s abandona á los verdaderos artistas, cai gado de generoso y espléndido optimismo, y se vuelve á empezar, porque de nuevo el mundo es pequeño p a r a la incontrastable ambición que se despierta de poner en obras inmortales los destellos más puros de la belleza del mundo. En largas caballerías á través de los campos aragoneses, en empresas venatorias á pie, escudriñando riberas y montes, viviendo con ganaderos y agricultores, sorprendiendo costumbres y tipos en las aldeas, llegó Unceta, que es u n jinete de primer orden y un escotero incansable, á conocer toros y caballos como debe conocerlos el artista que ha de valerse de sus formas llenas de fortaleza y gallardía, y á sentir y p r a c t i c a r l a vida rudísima de nuestros campesinos, cuyos cuerpos diligentísimos, verdaderos manojos de acerados músculos, se hallan constituidos p a r a expresar el ritmo vehemente y rápido con que aquí llegan las pasiones á increíbles extremos de exaltación. Y en t a l vida, ora de asiduo trabaj o y a de vagancias artísticas, fué dominando la forma é imprimiéndole á la vez esa áspera elegancia, varonil EX MAllCHA compostura y libre acción, que da á sus cuadros y dibujos como u n fuerte sabor regional aragonés que á todas las cualidades estéticas de la raza española añade atractivo irresistible. La sociedad moderna de las grandes capitales es hoy una especie de pudridero de hombres. Ni la misma Zaragoza se halla libre de esta calamidad, que una mal entendida aristocracia y esa antiestética y zafia burguesía agrandan cada vez más en las capitales, fomentando la necedad de los señoritos de profesión, siempre con el figurín á cuestas y el alma atiborrada de vulgaridades insípidas. El campo hermoso, que da á España sus incomparables frutos y ganados, sus labradores sobrios, sus valientes soldados, libró á Unceta de todos esos narcóticos que insensiblemente se respiran en la vida de sociedad, en la chismo grafía de casinos y cafés, y en la huelga perpetua de la inteligencia que j) adecen por lo general las gentes que se dedican á cultivar la distinción en todas partes. Tal era Uncnta al reaparecer en Madrid el año 87. Su generación estaba diezmada, dispersa por Europa. La juvent u d artística, a t a c a d a de enfermiza ambición, despreciadora del antiguo sagrado decoro del arte, caída en el efectismo más vergonzoso, íio reconoció en su caballeresca persona, dignificada por la modestia, al antiguo campeón, y hasta desconocía sus éxitos de Zaragoza. Tuvo que conquistar un puesto entre los artistas favorecidos del público. Ofreciósele la primera solemnií ocasión con el libro en que el marqués de Mendigorría presenta á su hermano D. Luis Fernández de Córdova, puro destello de