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454 -Si, lláraale; ¡cualisquiera le agarra ahora de la colita! ¡Atiza! Y l a mujer se lleva el pañuelo á los ojos, se dijo Jujúi. Y después, por determinación repentina de su ardorosa voluntad, exclamó en alta voz: -Está allá, señorita, allá en aquel árbol. ¿Quiere la señorita que v a y a á ver si lo atrapo? T dicho esto, pensó p a r a si: -Bueno, por sólo el intento ya me dará algunas perras. -Si, por Dios, si, replicó una voz argentina y pura, y t a n dulce y suplicante, que el muchacho, al oiría, se lanzó á la cai rera hacia el castaño con tal vehemencia y por tal celeridad, que por poco le atrepella u n coche del t r a n v í a que en aquel momento a r r a n c a b a con empuje á subir la cuesta de la calle de Villanueva. Jujúi agazapóse al pie del tronco, y desde abajo, abrazado á él, miró al enredijo de r a m a s y de hojas en lo alto; allí estaba, trémulo, palpitante, amedrentado sin duda, el lindo canario. Puede que recobrado después de aquel primer aturdimiento el poco juicio que caber puede en la cabeza de u n paj arillo- artista, echara entonces de ver todos los peligros que podría acarrearle la a v e n t u r a aquella, á la cual se había arrojado seducido por u n soplo de frescura del aire, por u n a mirada pronta á la inmensidad de lo azul, por u n instantáneo centelleo debido á la pujanza luminosa del sol, por todo lo que había de tentador y riente á través de la entreabierta portezuela de su j a u l a 6 W ¿sg it ¿e? -ra te echa á t i los mandamientos! ¡Digo yo! pensó J i i Y luego tiró u n a piedreeilla á la copa del árbol, y. el canario escapó de allí á todo vuelo hasta uno de los primeros árboles del paseo de la Castellana, y Jujúi, que lo atisbo, lanzóse á correr en la misma dirección. Algunos paseantes que por allí t r a n s i t a b a n vieron á aquel canario y se detuvieron sonriendo con esa complacencia que el hombre suele sentir al mirar en libertad á un cautivo, y prosiguieron su paseo. 7 tíjáí hizo en aquel árbol lo, mismo que había hecho en el primero, y el pajarillo voló á otro de más allá, y avanzando unas veces, retrocediendo después de éste á aquél, pasó así en huidas y vaivenes más de u n a hora, sin que Jujúi le perdiera de vista n i dejara de perseguirle. El muchacho proseguía con furiosa fe en su porfía. -Malo será que te me escondas en el jardincejo de alguno de estos hoteles, pensó Jujúi; pero puede que entonces me fuera fácil echarte el g u a n t e en cuanto se haga anocliecio. ¡Plumillas, alza! Al fin, ya, en el Obelisco y desde uno de los árboles de aquella glorieta, el canario dio un vuelo recto y tendido hacia los verdes montículos del camino de la Prosperidad. ¡Soberbio, magnifico! ¡Ancho estudio, palenque abierto á tenacisim. a competencia que unos pies hacían á unas alas, ixn píllete á un pajarillo! -Te has caío, cantaor; tú te cansarás. P o r ahí no tienes esconditorios altos. E l canario empleaba tretas de astucia; parecía haber tomado l a malicia del alma del pilluelo, y éste sentíase locamente andador, como si la energía impulsiva y el ardor de la avecilla le hubiesen comunicado al corazón empuje y resistencia incansables para volar. ¡Ah! Pero cuando ya el sol declinaba al ocaso, cuando iba oscureciéndose el verdor de la grama y empardeciéndose las piedras Jujúi, sudando, con su cuerpo como esponja empapada de agua, sintió sus piernas quebrantadas por el cansancio, su pecho afanoso de fatiga; y a no podía correr más é iba á rendirse. El canario se hallaba entonces parado y oculto tras de unos pedruscos y en lo hondito del cauce seco de u n regajal. Jujúi hizo aún u n a nueva tentativa; pero á los pocos pasos que él hubo de dar, acercándose m u y qneditamente de puntillas al escondite, el pajarito se estremeció y echóse á volar; mas fué aquel u n vuelo menos rápido y seguro, y pronto Jujúi pudo comprender que el animalillo se había atolondrado; fué y vino por u n corto espacio, sin a t i n a r con u n a determinada dirección; se le entorpecían las alas; ya saltaba, ó ya sus vuelecitos eran cada vez más inciertos; faltábanle la luz y el calor del sol. ¡Ah torAo, panoli! Cuando uno no sabe burlar á los del orden, chupa palo duz ó se mete á monago. Ya anochecido, Jujúi, con toda calma, hizo un revoltiño con u n trapajo largo y obscuro que á m a n e r a de faja llevaba liado á la cintura, y esperó unos instantes; luego, con presteza, se dirigió al punto en que se había acurrucado el pajarillo tras de unas m a t a s de borraja. El revoltiño de trapos cayó allí, y el canario quedó en él enredado y prest a m e n t e se vio en la mano de Jujúi, á la cual hacia sentir los aceleradísimos latidos de su corazoncito de pájaro, angustiado de terror. ¡Viva Melilla! gritó el pilluelo. Y sujetándose la faja y metiendo al canario entre la raída camisa y la carne, se dirigió rápidamente á la casa de la calle de Recoletos. II- ¡Ya está aquí, ya está aquí! exclamó con entusiasmo la moza, sin duda la camarera ó doncella, que hubo de abrir la puerta. ¡Valiente triunfo! ¡lo que había costado! P a r a apreciarlo bien, no había más que mirar al encendido rostro del intrépido Jujúi. El pajarillo fué metido en la j a u l a por u n a lindísima y blanca m a n o de mujer, u n a joven que llena de tierno regocijo dirigió al canario calaverilla mil dulces quejas y le prodigó cariñosas expresiones. Jujúi, á la luz de u n a lámpara que acababan de encender, miró el sitio; aquel era u n gabinete sencillo y elegante j la joven, y la mujer, de huten. ¡Qué mujer! Paeeía una condesa. Jujúi estaba embobado al ver una g a r g a n t a blanca y t a n fina, unos ojos t a n ¿cómo diría él? t a n acariñosos, unos cabellos rubios y magníficos, una belleza t a n soberana. E r a alta y graciosamente flexible. De pronto, la señorita, que palmeteando, riendo, loca de contento, había estado dando vueltas al rededor de su pajarillo, se vuelve hacia Jujúi como si entonces reparase en él, y á Jujúi le temblaron las piernas y se le puso un ñudo en la g a r g a n t a y no acertó á hablar. ¡Dios mío! exclamó la linda señorita con acento de profundo desconsuelo. ¿Y qué le doy yo ahora á este muchacho? Mamá no está en casa, y yo puede que no tenga n i u n céntimo, añadió rebuscando en el bolsillo de su b a t a del que sacó u n portamonedas monísimo. ¡Que sonrojo! ¡no tenía en él más que u n a peseta! Pero no por esto se anubló en aquella hermosa faz la vivida alegría que l a coloreaba, y dirigiéndose briosamente á Jujúi: -Toma, le dijo alargándole la moneda; y luego, ebria de gratitud y por inocente é impulsiva simpatía espontánea como la de los niños, tomó entre sus manos la cabeza de Jujúi y le dio un sonoro beso en la frente.