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FOTOGRAFÍAS ÍNTIMAS DON JOSÉ CANALEJAS Y MÉNDEZ ENTÍBAME yo en los duros pero honrados bancos universitarios, que dijo el inolvidable Camús, cuando sonó por primera vez en mis oídos su nombre. Y a era éste ilustre de abolengo; ningún estudiante de la desdichada Facultad de la bor- la celeste desconocía por entonces, n i creo que desconozca ahora, la profunda ciencia de uno de los catedráticos más eminentes de la Central: de D. Francisco de P a u la Canalejas. La singular circunstancia del homónimo nos llamó la atención á los escolares cuando lo leímos en la tablilla de anuncios fija en el portal del edificio como uno de los opositores á la cátedra vacante en aquella sazón en Madrid, de Historia crítica de la L i t e r a t u r a Española. Entramos, pues, u n a tarde en el Paraninfo viejo, donde se efectuaban los ejercicios, y nos encontramos en el D. José un dialéctico de primera fuerza, argumentando con u n a claridad y un orden enteramente socrático, y vertiendo sus doctrinas en una palabra fácil y tersa que fluía de sus labios con la abundancia que el agua de un m a n a n t i a l Pero además de la erudición del disertante, reparamos todos en u n a nota característica de su oratoria; en la intención. Aquí h a y algo más que una aptitud para las serenas explicaciones de un aula: h a y un orador político de gran talla, un futuro ministro dijo uno de nosotros, resumiendo la impresión general. Los hechos h a n demostrado luego que fué profeta. Es D. José Canalejas de continente español y m u y español. Yo no recuerdo dónde h a nacido; pero con u n alquicel sobre los hombros y un t u r b a n t e sombreándole su rostro granadino, podría pasar m u y bien por el romancesco Aben- Humeya, de dichosa recordación en las serranías andaluzas. Su cara es morisca legitima, y no obstante, salvo los rasgos genéricos de raza, todo su hispanismo concluye en el semblante; por sus hechos resulta uno de esos yankees incansables, de pasmosa acometividad, capaces de arremeter con las mayores empresas. Sus merecimientos personales le han elevado á la dorada poltrona dos ó tres veces, y sin embargo, lejos de contentarse con disfrutar los dulces treinta mil reales de cesantía como cualquier ministro de la escala de reserva, cabildeando en los circuios, en el salón de conferencias, en casa del jefe, apenas hace política pequeña, y se pasa la vida trabajando desde la m a ñ a n a á la noche consagrado á sus electores, á su bufete, á sus negocios, t a n pronto trasladándose á su distrito á presidir un meeiing, t a n pronto defendiendo en la Audiencia, t a n pronto fundando con un perfecto conocimiento de su época un periódico de información detallada y escrupulosa como nuestro Heraldo, digno homónimo y émulo del universal de Nueva York, su modelo. A la manera que el rostro es el espejo del alma, es la casa reflejo exacto del hombre. El color de las telas indica su temperamento, sus gustos; un portier rojo de terciopelo no revela la exquisitez, el modernismo que u n a cortina turca; la mecedora deja adivinar un inieridional muelle é indolente; el butacón de bajo asiento, un valetudinario; los armarios llenos de protocolos, acusan un abogado; las paredes cubiertas de cuadros, un artista. El crucifijoque tiene sobre su mesa, las reliquias colgadas de sus muros, hacen vislumbrar en el despacho de Pidal al ferviente católico. El arcaico brasero y las cornucopias doradas del de Fernanflor, muestran al coleccionador de antigüedades. Desde la puerta de su exdomicilio de la calle de Atocha, que fué el tomado para ser reproducido en esta fotografía intima, presentíase la manera de ser de su dueño. Canalejas no se niega á nadie nunca; es un demócrata que practica; por tal motivo resulta muy difícil verle solo, y, á mayor abundamiento, rodéanle siempre sus escribientes y secretarios. Dije más arriba que era un verdadero norteamericano por su incansable actividad; su despacho lo demuestra. En la pieza anterior (hablo siempre del otro había dos mesas de oficina, en las que escribían un par de amanuenses, y en el despacho, otra mesa atestada de papeles, ante la que se sentaba algún secretario particular. No conozco la m a n e r a de trabajar de Canalejas; pero dados sus nervios, feudales señores de su vivo carácter, y dada la longitud de la estancia, antojóseme que piensa paseando, y que dicta. Aquel enorme salón estaba hecho para recorrerse á grandes zancadas mientras fluyen en el entendimiento las ideas. Y semejante sospecha se robustecía atendiendo al decorado de la habitación, de u n a suprema sencillez. U n a de las paredes, cubierta por u n a librería corrida; al fondo, en cada rincón, un gigantesco tibor japonés; un lienzo, copia de La Visión del Goloseo, colgado de un muro, y entre los huecos de los balcones, divanes y butacas. Elegancia y sobriedad, y sobre todo, n a d a que interrumpiera el tránsito. H o y ha mudado de domicilio; posee Canalejas el magnífico palacio que fué de la duquesa de Santoña. L a fortuna, que no es t a n i n g r a t a como se la supone, y que ayuda á los que saben ayudarse, según la máxima del Evangelio, le h a llevado á su casa del porvenir; y digo á su casa del porvenir, a u n q u e la afirmación resulte algo obscura, porque entre los innumerables talentos que la Providencia ha concedido al eximio orador, encuéntrase el de entender de los asuntos del ejército lo mismo que el mejor general. No veo yo difícil que, á la m a n e r a de Freycinet en Francia, se encargue algún día de la c a r t e r a de Guerra; y si no guardia, porque no se acostumbra, no caerá mal ante el portalón de la suntuosa morada de la calle del Principe ordenanzas de caballería que esperan con sus corceles del diestro, y oficiales que e n t r a n y salen Los edificios tienen su suerte como las personas, y éste de referencia es de los predestinados á pasar á la posteridad. Primero lo popularizó la opulencia; ahora lo hará célebre el talento. JUAN L U I S LEÓN