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CONTRASTES No hay nadie menos franco que el que hace frecuentes alardes de franqueza, como no hay escritor fúnebre á quien le haya ocurrido cosa alguna desagradable en este mundo. Todos esos que escriben en tono compungido suelen ser personas de buena posición social, solteros, sin familia, con excelente ropa interior y media docena de duros en el bolsillo. Conozco uno que maldice de la sociedad y del amor y de la perfidia de las bellas, y tiene relaciones con una viuda sensible que le obedece sin chistar y le saca de toda clase de apuros, y siempre que cae enfermo le pone las cataplasmas y las sanguijuelas y todo lo necesario. El tal poeta escribe siempre en endecasílabos húmedos, lamentándose de la maldad de los tiempos y asegurando que la mujer no tiene corazón. Aún no hace muchos días que dio á luz un soneto del tenor siguiente: Errante y solo en esta odiosa vida, ie pido á la mujer amor de liinojos, y sólo encuentro espinas, sí no abrojos, y me niega la paz apetecida. Pues bien, dos horas antes de escribir el soneto, la viuda le habla dado catorce duros para que se comprara un terno y acababa de ser su cariñosa enfermera con motivo de un flemón que había tenido éL en la encía de abajo á, causa del abuso de los caramelos. Gaalqniera diría, al leer los artículos lacrimosos de un tal Vázquez, director de M Oiprés del Camposanto, que es un hombre infeliz, con el alma lacerada y la mente henchida de ideas generosas. Y Vázquez se pasa la existencia comiendo bien y haciendo el amor á las coristas, y persiguiendo señoras casadas, y dándole un sablazo al mismo dios Neptuno, el de la fuente del Prado. Los que escriben en serio y titilan amargura, los que tratan de investigar lo más recóndito y gimen en letras de molde, suelen ser unos hombres felices, sin preocupaciones domésticas ni respetos al casero; y en cambio, los que se dedican á la broma y se manifiestan alegres como unas pascuas, viven, por lo general, agobiados bajo el peso de una familia numerosa que se los come lentamente. Todo el que lee los versos regocijados de Autolín Conejero, se lo imagina dichoso y nadando en la opulencia. -iQué hombre tan feliz debe ser Conejerol dice la gente. ¡Siempre de buen humor; siempre riéndose del mundol Y Conejero tiene una esposa que le pega, y unos hijos que lo devoran, y una gastralgia que va consumiendo su existencia poco á poco. Más de una vez ha querido Conejero poner orden en su casa; pero ¿quién se atreve á luchar con aquella espesa que Dios le ha dado, verdadero guardia civil de caballería? -Mira, Ántolín, le dice ella; así no podemos continuar. Yo necesito una capa de pieles para la salida del teatro. -I Pero, Ramona I Eso cuesta un dineral. -Pues yo la quiero. -Pues yo no soy rico, y me cuesta mucho trabajo ganarme una peseta. -Tú no sirves para nada; tú eres un hombre inútil. No sabes más que hacer versos tontos, sin pizca de fundamento. Parece mentira que haya quien te dé dinero por esos disparates. -Kamona, tengámosla fiesta en paz. Déjame escribir y no me des jaqueca. ¿Bscribirjutf tú llamas escribir á eso? El asunto resuelve con media docena de puñetazos que descarga Conejero sobre la mesa. La esposa comienza dar gritos desaforados diciendo que aquel hombre es un verdugo; los