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CHORRO E JUMO (GRANADA) Subí penosamente la empinadísima cuesta que desde la puerta de las Granadas conduce á la Alhambra, protegido contra los raj os abrasadores del sol por la ligera y movible bóveda que tejen las liojas y ramas entrelazadas de los árboles seculares que bordean el camino, consolado por la frescura y el rumor de los arroyuelosque se precipitan sobre las pedrezuelas de los descubiertos cauces, y detúveme para tomar aliento ante el pilar de Carlos V, dotado con tres gruesos caños que vierten el agua del Genil, la del Beiro y la del Darro, río este último que, no satisfecho, como sus hermanos, con circundar á la morisca Granada, se ha metido atrevidamente por las calles para admirar su belleza y ofrecerle quizás el tributo del oro que arrastra su perezosa corriente. El susurro de las ho ¡as, agitadas por un suave vientecillo; el canto de los pájaros, que hallan vivienda y alimento en la espesísima arboleda; la luz tenue y verdosa que se filtraba por los huecos y hendiduras del ramaje, dibujando sobre la arena del paseo el contorno de las ramas y de las hojas, y la soledad apacible y misteriosa de aquellos encantados lugares, convidaban al reposo y á la meditación. Busque y encontré asiento en uno de los bajo relieves que adornan el palacio del Emperador, y desde allí contemplé á la izquierda la Sierra Nevada, que, desnuda entonces de sus nieves, mostraba al sol la tez rojiza de sus rocas, y la verdeante y hermosísima vega donde se derramó tanta sangre de moros y cristianos; á la derecha, la honda cañada por la que se desliza el Darro; y en la opuesta orilla, sobre un cerro que se nivela con el que sirve de pedestal á la Alhambra, el estrechísimo, tortuoso y enmarañado Albaicín, el Aventino de los granadles, con sus calles solitarias, pendientes y cortadas en escalones, sus casas derruidas, las largas, desconchadas y negruzcas tapias de sus huertas, cármenes y marjales, sus profundos aljibes, y aún más arriba todavía, dominando aquel barrio muerto, San Miguel el Alto, ermitorio al que se snbe por un carril polvoriento, entre dos cercas, en las que crecen de trecho en trecho algunos desmedrados nopales que brindan con sus espinosos frutos (1) Cerré los ojos, evoqué los sucesos pasados, y mediante el mágico poder de la memoria y de la alucinación, creí presenciar las rebeliones de los turbulentos vecinos del Albaicín, las cañas y torneos de Bib- Rambla, las fiestas en la Alhambra y el Generalife, la matanza qte los Abencerrajes, y los lances caballerescos de. la guerra; ver á Boabdil, el sin ventura, trasponiendo con su desesperada comitiva la cumbre del Padul, llorando amargamente al perder de vista á su Granada; á Colón é Isabel la Católica, él ofreciendo un nuevo mundo, y ella vendiendo sus joyas para ayudarle á descubrirlo; el alzamiento de los moriscos de la Alpujarra y la cabeza de Aben- Abó, encerrada enjaula hedionda, colgada en la puerta del Eastro, y la heroica figura de Mariana de Pineda, cuya estatua, tallada en mármol, corona, el monumento erigido en el Campillo á los mártires de la libertad española. Mis éxtasis ó mis sueños fueron desvanecidos por una voz melosa, que muy cerca de mí decía estas palabras: -Dioz guarde á ozté, zeñoritico mío, y abra ezaz ventanillaz e Ja cara, y diquele (2) la prezona que tien elante. Llamado de esta manera á la realidad, abrí los ojos y vi un hombre con la más extraña catadura que pudiera imaginarme. Era alto, esbelto, ágil y bien proporcionado; de ojos negros, pero con esa intensidad del negro que sólo tienen los de los gitanos, y su rostro oval y cetrino destacábase entre blancas y pobladas patillas. Ceñía á su frente un pañuelo de hierbas, y sobre él encajaba un sombrero cónico, catite (3) con dos motas de á media libra, una en el ala y otra en el vértice; vestía camisón con chorreras, chaqueta corta y chaleco de paño azul con botonaduras de reales de plataj faja negra de seda, charpa de amarillo y usado cuero, calzón de color castaño hasta las rodillas, borceguíes pliespunteados y fuertes zapatones de becerro gallego. Del hombro izquierdo pendíale una manta antequerana á cuadros, que sujetaba con la mano del mismo lado, y con la derecha empuiíaba un látigo de calesero, que há, eia chasquear alegremente. (1) Higos churauos. (2) Mire. (3) Llámase asi en las fábricas ó ingenios el pilón de azúcar, y por analogía de forma dlóse el nombre al sombrero cónico.