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Á OCHO DÍAS VISTA La muerte del Sultán. -Un timo por el procedimiento del eniierro. -Vn Gobierno de mala pata Inglaterra sobre Tánger. -iQué más ingleses que nosotrosl- -El hijo de la circasiana. -Nuestras inteligencias con el tuerto El principe Ab- Intestato. Vrlvñegioa de la edad. -Corrupción económica de menores. -Los plazos do la indemnización á interés compuesto. Rivales de Abd- el- Azis. -Por qué no pueden ser reyes. -Madrld- Aroadla. -Las abejas en la Puerta del Sol. Kl pilón y el panal. -Ari oyos de lecbe j miel. -El mono de la plaza de Santa Ana. -Leones, correderas, osos, etc. Escenas pastoriles. -El país del abanico de Wateau. La muerte del Sultán cayó en Europa como una bomba, y como dos bombas en España. Las naciones del continente pensaron, no sin fundamento, que el equilibrio europeo podría alterarse por aquella causa; nosotros caímos en la cuenta de que babía volado uno de nuestros más queridos deudores. ¿Habrá sido un timo nuestro tratado con Marruecos? Así lo parece; un verdadero timo por el procedimiento del entierro. Muley Hassan, el amigo de España, nuestra única garantía del cumplimiento del tratado, voló al empíreo, dejándonos sumidos en un mar de plazos, de promesas y de palmos de narices. ¿En qué pensó nuestro infeliz Grobierno, que es un Gobierno de mala pata desde la rotura del peroné presidencial? Aquellos médicos que envió á Lisboa el señor ministro de la Gobernación, ¿no bubieran becbo mejor papel acompañando al Sultán á todas partes y velando aquella vida, tan cara para las arcas del Tesoro? No puedo menos de reírme cuando la prensa francesa quiere indisponernos con los ingleses, cuando nos dicen que Gibraltar está lleno de acorazados, cuando nos aseguran que la Grran Bretaña está j) ronta á arro jarse sobre Tánger. ¡El poderío de los ingleses! ¡Ojalá fuera cierto I Porque, en ese caso, ¡qué más ingleses que nosotrosl ¡Y pensar que en España se ha H. acogido con júbilo la sucesión del Shei iff á favor del hijo de la cir 5 casiana, del joven y ya sultán Abd- el- Azis! Nosotros nos bubiéramos entendido mejor con el tuerto. En primer lugar, porque España sigue siendo el país de los Quijotes, maestros en enderezar tuertos de todas clases. En segundo lugar, porque nosotros somos tuertos también; porque, vengamos á cuentas: la muerte del Sultán, ¿no nos cuesta un ojo de la cara? En tercer lugar, porque la herencia del primogénito nos hubiera venido como pedrada en ojo de Muley Mohamed. Únicamente la ferocidad de éste hubiera podido sacar á las kabilas esos millones que nos debe el imperio de Marruecos. Pero con el joven Abd- el- Azis, ¿qué remedio nos queda? ¿vamos á afeitarlo antes de tiempo? Pensemos que para España el príncipe heredero no se llama Abd- el- Azis, se llama Ab- Intestato. Y siendo menor de edad, ¿qué recursos legales tenemos contra él? Por el contrario, él tiene á nuestro favor el derecho de adir ó no adir la herencia, el beneficio do inventario la protección de la tutela, y sobre todo la simpatía de los quince años, esa simpatía en la cual se apoyarán quizá los estados europeos para no consentir que cometamos el delito de corrupción económica de menores.