Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
39 a raban el horizonte parecían gente asomada para contemplar la bendición de Dios, derramada con mano pródiga por aquellos campos. Podrá ser este, pensaba yo, el sitio de la gran batalla; aquí habrán sonado agudos ayes de heridos y secos golpes de cuerpos que caen; la sangre habrá formado ancha canal y la muerte pilas de cadáveres; pero ¡por Dios! que nadie lo diría. Nada queda de ese terrible combate, nada del ay! desesperado, nada del reguero de sangre. La vida ha recobrado sus fecundos dominios, y el tallo erguido, y la espiga grana- ¡La gran batalla! decía contemplando una vez más desde allí los hermosísimos campos. ¡Siempre la vida se sobrepondrá á la muerte! Muchos serían los cadáveres que cubrieran este suelo, pero más son las espigas que ahora granan en él. Y cuando esto pensaba, divisé no lejos de mí, y en la tapia en queme apoyaba, una puertecilla. Acerquéme curioso y vi sobre la puerta una cruz. Miré por una de las grietas de la corcomida madera de la puertecilla, y divisé varias cruces diseminadas aquí y allí; era el cementerio de la aldea. Dieron de golpe todos los pensamientos alegres que recreaban mi imaginación, y exclamé bajando la cabeza: ¡Aquí está la gran batalla! Batalla, no como la que duró el espacio de una tarde en esos campos, sino continua, incesante, eterna. Batalla que no conmueve los aires con su fragor, sino silenciosa, tácita, muda. Batalla que no mancha el suelo de sangre, sino oculta, subterránea, profunda. Batalla que no aglomera ni apila las víctimas, sino que las elige una á una, y una á una las consigue y las aprisiona. Aquí está, en este reducidísimo espacio que cuatro tapias ruinosas limitan, la gran batalla de la muerte y la vida, la gran batalla incesante, sin gloria, sin gritos, sin heroísmo; no como nube de tormenta que pasa con el rayo y el trueno, sino como niebla de invierno que deja lenta y perezosamente caer una llovizna inacabable y fría. Mi imaginación no ha podido resucitar en aquellos campos inmensos los horribles episodios, las cruentas escenas de la gran batalla, y me basta mirar esa cruz para saber que cada día, en este reducido cementerio, una nueva víctima, un nuevo soldado, un nuevo vencido de la gran batalla de la vida caerá en la fosa, abierta siempre y nunca saciada. ¡Qué importan las grandes conquistas, qué las grandes batallas de la Historia! En el cementerio más humilde de la más humilde aldea se está librando continuamente una contienda más ruda, más sangrienta, más reñida que las que nos han contado los historiadores acumulando, estremecidos, en largas páginas largos horrores. 1 i -M. Ji. ií. -íSjij vffit NíJÜf t. -r f ÍB y H v 4 J v. Vi lülíF í 1 I- V da, y el árbol írondoso, y el aire que agita las mieses, y el pájaro que pasa volando sobro ellos, son imágenes risueñas de paz yéijturosa. La gran batalla que aquí se dio no está ya en estos campos; cruzó por ellos como nube de toniíenta, volviq á lucir el sol, y apenas si de tanto fragor permanece el recuerdo. Cuando empezaba á anochecer emprendí mi ascensión hacia la aldea, situada en un montecillo, buscando para caminar las sendajS más eqipinadas y difíciles. De esta suerte, al llegar á ío alto fuéme preciso, para dar aliento á mi fatiga, apoyarme en una ruinosa tapia que encontré ante mis pa os. Mientras esto pensaba, oí la voz de una chicuela que gritaba como con mucho miedo: i- ¡Morito, que te vas á caer! Próxima á la tapia del cementerio crecía una higuera, y un rapazuelo de pocos años, cuyo bulto distinguía yo confusamente á la incierta claridad del anochecer, gateaba por su tronco con el sano propósito de llegar hasta la codiciada fruta. Una muchacha de alguna más edad que él contemplaba la ascensión, dirigiéndole á grito herido tan prudentes advertencias. Efectivamente; el rapazuelo, cuando más seguro estaba de la victoria, sintió desgajarse la rama en que se apoyaba, y por toda salvación fué á dar sobre la tapia del cementerio, quedándose á horcajadas en ella. Entonces la muchacha le gritó con acento de burla: -i Ya te decía yo, Morito, que esos higos no estaban para til Me acerqué al rapaz y pude con algún trabajo bajarle de lo alto de la tapia; y cuando aquel chiquillo negrucho, á quien sin duda por su color apodaban el Morito en la aldea, estuvo en el suelo, exclamó muy asustado: -i Recontra 1 ¿Sabe usted que si caigo dentro me desnuco? Y yo le respondí tristemente: ¡Ya caerás, ya caerás! Josib DE ROURE IStfl 9. f f mit (r o (DIBUJO DK L H A E T I Y)