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393 MULEY HASSAN SUI. TÍN DE MARnUECOS we la FALLECIÓ EN LA ALDEA DE TAPLA EL 4 DEL CORRIENTE En ol camino de Marraskeh á Eabat, rodeado de sus tropas, acampadas en las cercanías de Tadla, y cuando el SheriíF se disponía á castigar las kabilas rebeldes do BeiiiHassen y de Zemmon, falleció envenenado, según unos, ó infeccionado por la fiebre, según otros, ol gran Sultán amigo de Kspafia cansando con su muerte maj or impresión en la Europa entera que causaría con la suya el soberano más poderoso de las naciones civilizadas. Deja como sucesor á Abd- el- Azis, hijo menor del Sultán y do su favorita la bella circasiana Hahasia. Poseedor el joven príncipe del tesoro real, de los sellos sagrados y de l a coiilianza de las potencias, créese que sin dificultad alguna será proclamado en I ez, como lo exigen las prácticas marroquíes, mas tiénese también por indudable que el hijo primogénito y preterido, el feroz tuerto Mulé; Mohamed, alzará contra su hermano ol pendón de las guerras civiles apoj ado en el eleinento fanático, tan abundante en Marruecos, y sobro todo entre las kabilas del interior. LA GRAN BATALLA El aldeano quo me acompañaba aquella tarde en mi paseo, me dijo: -Mire usted, mire usted: aquel fue el sitio de la gran batalla. ¿Ve usted aquellos llanos, y ve usted á lo lejos aquellas montañucas? Pues allí fué donde se dio la decisiva entre los moros y los cristianos. No es que yo lo haya visto, como aquel que dice, sino que D. Meólas, el cura que antes temamos, me lo contaba muchas veces en este mismo sitio. Y vea usted lo que pasó. El rey de los cristianos tenía toda su gente por esta banda, y antes de empezar el combate dijo dice: Voy á rezar el rosario para que me salgan bien estas cosas. Y los moros que estaban del lado de allá pensaban: Pues lo que es hasta que deis vosotros, nosotros no hemos de dar. Pero en esto un capitán moro distinguió una higuera como á la mitad del camino de los cristianos, y como hacía mucho calor, el hombre fué y dijo: Voy á acercarme á refrescar la boca con unos higos. Y otro capitán cristiano que le vio de la conformidad que venía, fué también y dijo: Lo que es los higos que tú te comas, me los pueden colgar á mí de las narices. Y de este modo, el capitán moro y el capitán cristiano se encontraron debajo de la higuera y empezaron á batallar. Como el moro llevaba la peor parte, comenzó á dar voces para que salieran los suyos á socorrerle, y cuando los cristianos vieron lo que sucedía, salieron también á defender á su capitán. Y unos que vienen y otros que llegan, se armó la gran tremolina, sin que pudiera impedirlo el rey cristiano, que se echó fuera de su tienda diciendo: ¡Que me dejéis acabar el rosario, que me dejéis acabar! Pero ique si quieres! El rosario que rezaba no pasó del primer diez. Y así se estuvieron toda la tarde, dale que te pego, hasta que la tierra se cubrió de cadáveres y la sangre empantanó la llanura. Cien mil moros murieron con su rey, y cuando los pocos que quedaron volvieron las espaldas, el rey cristiano fué y dijo: ¡Gracias á Dios que puedo concluir mi rosario! Y el capitán de quien de sus hablé se volvió á sti tienda muy contento mascullando: ¡Ya le decía yo al morito que quellos higos no estaban para él! Con estas pintorescas frases me refería el aldeano mi acompañante uno de los con bates más gloriosos y cruentos de nuestra Reconquista, y yo, contemplando los campos cubiertos de doradas mieses, que fueron un día pantanos de sangre y sustento de cadáveres, pugnaba en vano por resucitar el horror antiguo bajo las galas nuevas. La inmensa llanura colmada de espigas relucía á los rayos del sol como plancha de oro, y al descabezar en ocasiones una ráfaga de aire las apretadas mieses, corría por ellas una ondulación rápida de tan vivos reflejos, que deslumhraba. La nota de la alegría espléndida era la que dominaba en aquel paisaje, y los montecillos azulados que