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ESPECTÁCULOS TIERNOS ¡Los toros! ¡M u y señores mios. ¡Las corridas, la lidia! ¡Fiesta bárbara, propia de un pueblo inculto é inclérigo! ¡Caballos asesinados; los mismos toras, yacentes! Prescindamos del bombre, que es lo de menos. Si los sabios griegos inventaron la tragedia para p u r g a r el ánimo a- ibatidas pasiones del terror y miedo, acostumbrando á los ciudadanos á oír y ver cosas espantosas, los cultos esj, oles han inventado las fiestas de toros, en que se ven de hecho aún más terribles que allí se representaban en fingido. ¿Quién, acostumbrado á sangre fria á ver á u n hombre volando entre las astas de un toro, abierto en canal de u n a cornada, derramando las tripas y regando la plaza con su sangre; u n caballo que, herido, precipita al j i n e t e que le monta, echa el mondongo y lucha con las ansias de la muerte; u n a cuadrilla de toreros despavoridos huyendo de u n a fiera agarrochada; u n a tumultuosa gritería de innumerable gente, mezclada con los roncos silbidos y sonidos de los instrumentos bélicos, que a u m e n t a n la confusión y espanto... jguién, digo, quién se conmovería, después de esto, al presenciar u n desafío ó u n a batalla? Elocuentes palabras que a u t o r anónimo de buena fe: a t i buyo á Jovellanos. ¡Fiesta b á r b a r a la de los toros! ¡Qué diferencia entre ésta y el pugilato! ¿Qué es ver á dos hombres sanos, fuertes, ágiles y valerosos, desbaratarse la fisonomía y hasta el apellido á puñetazo limpio? ¿Qué es ver á esas familias, formadas por pactos sinalagmáticos, conmutativos, bilaterales y gimnásticos, que funcion a n en los circos, y en las que los individuos mayores juegan á la pelota con los pequeños? ¿Y la danza del sol, con que ir -iln -ib, igiiit Sj, divertían á los extranjeros en CA f ¡Qué diferencia entre l suavidad de eoc S jyelan esos espectáculos y la barbarie que patentizan nues. -S corridas de toros! divertimiento por dos jóvenes indios que, cuchillo en m s u o fingen que peleají, según decían los periódicos aL... f parecer bien informados, y se mechan rdutuamente á puñalaitas y se devoran mutuamente á bocaditos cada día una parte de entrecote. Pero sobr í está el espectáculo de la lucha de los domadores con las fieras. En todas las naciones cultas se admite y se aplaude. Los personajes de la tragedia son generalmente: Un domador. -León l. -I ona, su esposa. -Xeora 2. -XJn aso, que no líala. -Coro de exclamaciones de ambos sexos. ¡Ejercicios nobles é interesantes! El león y su señora se solazan en la j a u l a pública. Los espectadores admiran aquellas escenas tiernas de la vida íntima conyugal. Los cariñosos consortes pasean sus desdeñosas miradas por la concurrencia, y si ven algún niño gordito y juguetón, bostezan á dúo de La Africana, y se les hace la boca agua. Es decir, se les hace la boca niño crudo. Aparece el domador, saluda á los espectadores y e n t r a en la jaula, animado por el aplauso general del auditorio EUa, la esposa, la leona, ruge sin extrañeza, como diciendo al marido: -Ya está ahí ese tío. Esto me lo ha traducido u n amigo que ha sido fiera. El león sacude la melena. (Siempre que se n o m b r a al león, se h a de a p u n t a r este dato de sacudir la melena. El domador dirige cuatro palabras á los cónyuges, y en seguida empieza á faltarles L a leona contiene con sus miradas cariñosas al esposo, quien vuelve á sacudir la melena, mira con desprecio al domador y escupe por el colmillo.