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K CHIQUITO DE ABANDO Yo, pecador, ine confieso á Dios Todopoderoso, á Ja Bienaventurada Virgen María etc. etc. etc. Por tanto, os ruego etc. etc. etc. que reguéis por mí á Dios Nuestro Señor. Amén. y) Y ahora hablemos del Chiquito de Abando, que nada menos que entonar el Yo, pecador necesita un servidor de ustedes antes de rozar con su pluma maleante la coralina epidermis de los chiquitófilos. Por haberlo hecho alguna vez me he concitado los odios de una atrocidad de ciudadanos distinguidos de la villa del tri o y del Nervión, y en verdad que sentiré en el alma proporcionarles nueva ocasión de despacharse á su gusto. Ante todo, declaro sinceramente que Ángel Bilbao me parece una excelente criatura, buena, dócil, callada; un mocetón serio, indolente, con cara de niño sin pecar, que se expresa, como su juego, casi automáticamente, y es incapaz de esos desplantes de mal gusto que tanto caracterizan á la mayoría de sus compañeros. En suma, un pelotari simpático, dulce y atractivo, digno- por todos conceptos de estimación. Pero si el Chiquito de Abando es así, muchísimos, por no decir todos sus partidarios, son, en cambio, el reverso de la medalla; y el mayor elogio que puede hacerse del pelotari, es consignar que no ha logrado envanecerlo el hiperbólico ambiente de adulaciones de que esos partidarios lo rodean. ¡Y cuidado que los tales forman una legión de sabios capaz de dictar leyes al pelotárico mundo y de demostrar que los que no opinan como ellos son unos ignorantes de tomo y lomo, despechados, venales ó memos, flor y nata de la majadería, espuma de los frontones y deshonra de la afición! Y ¡claro! como nosotros carecemos de trigo y ellos lo poseen abundante, resulta de ahí que el Chiquito de Abando es el primer pelotari de la tierra. Dejemos á un lado desplantes trigueños que á mí no me producen frío ni calor, y hablemos del famoso pelotari objeto de esta semblanza. En verdad que después de la opinión que emití sobre el Chiquito de Abando cuando se dio á conocer hace tres años en Madrid, no tengo que añadir hoy una palabra. Ángel Bilbao es, en el c Dnjunto de sus cualidades de pelotari, el mismo jugador que entonces. Como hombre, ha adquirido mucho desarrollo, se ha ensanchado y estirado considerablemente y ha aumentado su fuerza, lo cual le permite atrasar la pelota uno ó dos cuadros más; pero continúa siendo el piano de una sola tecla y dando mucho que hacer á los que poseen siete octavas. Sobre gustos no hay nada escrito; hay quienes se entusiasman al ver al Chiquito coger una pelota á su gustó y lanzarla á los quintos infiernos. No soy ni seré jamás de esos, y confieso humildemente que la más pequeña cortada, tirada con