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V -u ii M. l id, y tendréis una mujer sin perfil ir, t- i 11. desabrida, ordinaria, sin ideal y sin 1 in ii s, que será. una buena mujer de su I 1 jn o no la reina de las verbenas, no la U li ihi i de las praderas esmaltadas, ñ o l a n. nfi. ii El Tulipán, ni la náyade del feniciitiu. u Manzanares, que aliquando fué río de capa y espada. El grillo de las noches de luna y la chula de las verbenas se completan en una planta olorosa que suspira melancolía: en la albahaca real de los cármenes moriscos, en la planta misteriosa de los jardines del Siipra, donde se embriagan de perfumes y mueren de hastío las esclavas del harén. La camelia de las estufas es á la albahaoa de las macetas lo que la dama huppé de los salones a l a manóla degenerada de las verbenas: ¡Un epigrama! La dicha no es un monolito de diamante, tamaño como el casetón de la florista Pepi 11 a la valenciana. La dicha es para muchos la hierba de las pelusas, el rosal de los vallados, un nido de alondras ó de ruiseñores, una palabra, un signo, un canto, un gusano de luz, una hora de sueño junto al cauce del rio manso que se filtra junto á la ermita de San Antonio el día que éste se viste de luz y de juncia, de verbena y de albahaca, de tomillo y de azucenas. La dicha es una ensalada de berros Ü, 1 empezar el crepúscalo, cuando la guitarra preludia entre dos luces el ritmo melancólico de la seguidilla española. La dicha es mirar al cielo y enviar saludos á la luna cuándo ya de noche las ranas conversan de política en el estanque y los grillos cantan la letanía del amor desde sus celdas fioridas. La dicha es contemplar dentro de la ermita, entre nubes de incienso y oleadas de perfumes, aquellos ángeles picarescos que eí- genio de Goya pintó en el techo de la capilla como recuerdo pagano de las deidades galantea que hace un siglo bajaban á la pradera á bailar en la verbena la víspera de San Antonio y nueve días después. Entonces no había exposiciones de flores artísticas, ni matinées, ni conciertos nocturnos. Bl gas brillaba en el fondo de las minas, en el secreto de una vela de sebo, y para llegar de noche al Manzanares turbulento era menester levantarse el brial hasta