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Lss luces de la calle empezaron á biillar de tro de sus urnas de cristal, atisbando entre I csourídad como enoraes pupilas, y por fin el i che volvió á pasar sin prisa ni ruido, porque parecía que era mencs rcidoso el sonsr de la tralla y más triste el repiqueteo de los cascabeles. Bl ¡a vio al mamtro, grave y per sativo, envuelto en su capote azul, pero el sitio de Antonio estaba vacío ¡vacíol como la niña siiitió su corazón, que palpitó inquieto bajo la transpsrente muselina. Eofario se arrojó vestida en el lecho; las negras ondas de u cabellera encerraron su rostió en un marco de ébano, y quedó dormida; pero Eoñaba cosas horribles: veia el cocte el coche de los toreros, que CQiría vitoreado por la calle veíaá Antonio volteado por la fiera, entre el clamor de la horrorizada muchedumbre Entonces ella quería rezar, y hallaba espanto donde buscó la epperanza; parecíale que la Doloiosa le miraba con espantados ojos y el Cristo sudaba copiosas lágrimas de sangre Cuando despertó, corrió anhelante á la ventana; sobre la cómoda, las velas, aún eucouJiJas, lloraban sus últimas gotas de cera; por las rendijas de la puerta, un rayo de plata vagaba perdido en las tinieblas. Un ciego pregonaba en la calle la reseña de la corrida, con la cogida y muerte de AntoñiUo. Kosario abrió con violencia la ventana, y un tropel de claridad inundó la estancia; ante aquel mundo de vida, la niña sintió en su pecho un caos de sombra. Su corazón oscurecía á la noche eterna del alma. Entre tanto, el lejano horizonte brillaba como una inmensa bóveda de luz y de. cristal. Amanecía. JcsÉ GAKCÍA R U F I X O (TlBUJOS DK A U P A)