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EL COCHE DE LOS TOREROS Antonio, el novillero más valiente que habla por aquel entonces, tenía una novia que eia, sin duda, la mejor moza del barrio. Kosarillo, que así se llamaba, parecía una florecilla, quinta esencia de la gracia, y palaiso traído por Dios al mundo para levantar ea el oorazóu oleadas de sentimiento, para eclipsar en luz al cielo y en alardees de rumbo y elegancia á todas las mujeres de la tierra. Añádase á esto un cuerpo que, al andar, era el acabóse de la gracia y el non plus tUtra de los movimientos; un pie invisible por lo chiquito, y un pelo negro que parecía un jardín de claveles, nardos y pensamientos. Por eso nada tiene de extraño que Antonio la quisiera con toda el alma y pasara las penas del purgatorio para conseguir la alternativa de manos del maestro, como gloriofa investidura del doctorado. Y cuántos proyectos, cuántas ilusiones para aquel día formaba la pareja! iqué de castillos en el aire! Una casa, propia por supuesto, con un patio lleno de enredaderas y albahaca, y en cuyo principal testero una cabeza de toro negra y horrorosa, con su inscripción correspondiente abajo, daría el juién vive á los visitantes; muchos trajes de seda con repiqueteo de alamares para él, muchos mantones de Manila llenos de pajarracos y chinos para ella, y mucho rumbo y mucha guita, ganado todo con loa quiebros y guapezas de Antoñillo, que ¡eso sil tenia vergüenza torera y sabía portarse conf rme á sii rango, categoría y circunstancias. Asi pasó tiempo; que el corazón no desmaya cuando alberga un rayo furtivo de esperanza. Eosario empezó á preparar los chismes del casorio, porque el mozo iba á tomar la alternativa, y llegó la tarde que la niña temía y deseaba, como la aurora de su felicidad. Antonio fué por la mañana á despedirse de Kosario, que estaba hermosa como un angelillo vestido de andaluza, con su chaquetilla, por cuyo escote asomaba la piel, tersa como) a hoja del lirio y blanca cual un tapiz de nieve, en que se marcaban los hilos de rosa de las venas y las curvas atrevidas del seno que la respiración anhelosa alzaba y deprimía. El día fué para Eosario de ansiedad y de disgustos; cuando dieron las cuatro, no polla vivir; sentía en el pecho hervideros de dolor, y angustias de fiebre por toda el alma; quería estar sola, y encontraba tristeza en la soledad; por Ja calle pasaba la gente que se dirigía á la plaza ponderando el trapío y condiciones de las fieras, que eran de lo mejor. Un ruido alegre de campanillas, mezclado con el rodar presuroso de un carruaje, hizo á Eosario correr presurosa á la ventana donde la hiedra formaba un dosel de verdura en aquel altar de amores. El coche de los toreros volaba por el empedrado pavimento; al crujido de la tralla, los caballos, enjaezados á la andaluza, movían orgullosos sus arreos de alamares bordados con madroños y cascabeles, y dentro de la carretela, al lado del maestro, Antoñillo, con su capote de seda rosa y su flamante vestido grana, salpicado de primorosos bordados, de oro, al parecer indiferente, fumando un grueso puro que lanzaba al aire vagas espirales de humo. Detrás del coche, una turba de pilluelos corría subiéndose á los estribos, mientras el vecindario se asomaba á puertas y balcones para mirar el paso de los lidiadores. Cuando el coche desapareció en la vecina calle, Bosario sintió en el alma, una pena grande; parecióle que, al mismo tiempo que una sonrisa s ilía de los labios de Antonio, una lágrima le quemaba los ojos, y arrodillándose ante la añosa cómoda que servia de altar á una Dolorosa, rompió á llorar con amargura. Pasó una hora otra se hizo de noche, y Antonio no volvía; cada vez que un coche rodaba por la calle, salía presurosa á la ventana, esperando ver el coche de los toreros; pero quien veía tan sólo era el frío desencanto, que llenaba su coraEÓn con lobregueces de caverna y palpitaciones de sentimiento.