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afeita á los amigos, otros escribe crítica de teatros, otros fabrica moneda falsa en fin, se dedica á lo que buenamente le sale, aunque lo que le salga sea una erupción. A la caída de la tarde forma toda su vajilla á lo largo del corredor, y se introduce por cada ventana de la nariz un lapicero de cuatro usos, como previa operación para el baño de aceite que, al anochecer, se da dentro de la zafra. En ella se mete de cabeza, y no sale hasta que ha concluido de recitar la vida de Santa Teresa y los dos primeros capítulos del Código penal. Sale del baño muy excitado y nervioso, dando voces y patadas en el techo, hasta que se seca restregándose contra unas primas segundas que le quieren mucho y van también para extravagantes. Mientras llega la hora de comer, coge una badila mojada en chocolate y con ella machaca la nariz á un pobre vecino suyo, que sólo vive de eso. íío puede empezar á comer sin dos requisitos para él indispensables: contemplar el chaleco que su padre llevó á la guerra de África y rociar los aranceles de aduanas con licor del Polo de Orive. Come debajo de la mesa, y le sirve, subido encima de ella, un sobrino suyo, taquígrafo de nacimiento. Tiene D. Eleuterio por costumbre que, entre el primero y el segundo plato, le desesteren todos los días la casa y se la vuelvan á esterar terminada la comida. El día que los estereros están de mal humor, abandona los manjares, da tres azotes al taquígrafo y se pone á tocar el violín en calzoncillos delante del busto de Cabrera. Concluida la operación, se acuesta con el paraguas abierto, metiendo consigo entre las sábanas un calendario americano y dos cotorras disecadas. Si hace mucho calor, mete también las vinagreras y un retrato de Julio Ruiz. En seguida la criada, vestida de frac, le da friegas con un almirez, mientras le entera de la cotización de la Bolsa. Don Eleuterio, muerto ya de sueño, pide zaragatona y se queda dormidito el pobre con un dedo del guardia civil metido en la boca, los pies envueltos en una toquilla azul y el pensamiento fijo en Eubau Donadeu. Et voilá tout. Conque si el hombre no es extravagante, que venga Dios y lo vea. Aunque ustedes dirán que el extravagante (ú otra cosa peor) lo es realmente el autor de estas modestas líneas. JUAN P É R E Z Z Ú Ñ I G A