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332 número crecidísimo qne llevan su firma, y que con toda certeza pasan de trescientos, prueban de una manera bien elocuente la multiplicidad de aspectos de su genio artístico. Si su habilidad como pintor es extraordinaria, como restaurador es inmensa, arrancando su fama de la perfecta restauración llevada á cabo en el celebérrimo San Antonio de Murillo, existente en la catedral de Sevilla. Vi El trabajo realizado por nuestro artista en poco más de tres meses causó tal admiración en todo el mundo, que el cabildo le colmó de plácemes y obsequios, Sevilla le declaró su hijo adoptivo, y el Estado le otorgó la gran cruz de Isabel la Católica. A esta maravillosa restauración, hecha de forma y modo que quedó totalmente desconocida, incluso para aquellos mismos que sabían por dónde el sacrilego estrago había sido hecho, hay que añadir la llevada á cabo en una buena parte de los cuadros restaurados del Museo del Prado y la de casi todos los lienzos de las colecciones particulares de Medinaceli, Fernán- Núñez, Alba, Villagonzalo, Urzáiz, Sevillano y Casa Irujo. Mas prescindiendo de Martínez Cubells como restaurador, y aun como pintor de Historia y de gónero, su figuCASEiíIÜ DJi PASAJtíS ra toma proporciones verdaderamente excepcionales considerándole únicamente como retratista, pues en esto no hay en nuestra patria quien hasta ahora pueda superarle. Martínez Cubells, como retratista, puede competir con el francés Bonnat, con el alemán Lembach, con el austríaco Angelí y con el inglés H e r k o m e r y aun aventajar á alguno de éstos, pues si Lembach dibuja con más corrección y Bonnat penetra más en el fondo del pensamiento de q u i e n r e t r a t a M a r t í n e z Cubells, menos correcto en el diseño y más superficial en la interpretación del carácter moral, logra obtener una lozana frescura sin los pastiches del DOÑA IxftS DE CASTIÍO primero y sin las durezas del segundo, alcanzando sus retratos una corporeidad tan grande, que las personas por él retratadas parecen seres vivos encerrados en el recuadro de la moldura.