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Á OCHO DÍAS VISTA Dale, vuelta y torna con los tranvías. -Los miedos del viajero y los bandos del alcalde. Todo es fícgün el color del billete del tranvía. -Por qué se ha obedecido la orden de no fumar. -Las plataformas. La docena del tranvía. -El séptimo no descansó, ¡Pobres cobradores! -Las correas del interior. -Isidros rezagados. -Fiestas aguadas. Tva razón del mal tiempo. -Ranas en la Pradera. -Mojaduras del Santo. -IJOS que ati aen ei agua. -En el Tío Viro. Desde que han empezado á reglamentar los tranvías, no hay nada mejor que viajar á pie. Tantas y tales son las nuevas disposiciones, que con verdadero miedo toma uno asiento, temiendo que en la manera de sentarse, en el modo de coger el billete, en la forma de dirigirse al cobrador, infrinja uno sin querer algún bando reciente de la alcaldía. ¿Adonde va usté? nos dice el cobrador, disponiéndose á arrancar el papelito de uno ó de otro matiz. Porque, en materia de distancias, todo fís s gúii el color del billete del tranvía. Y nosotros, temerosos de faltar á la ley, respondemos al cobrador: -Y o no sé; ya lo habrá dicho el señor alcalde. Cuando se prohibió fumar, nadie creyó que la orden trajese cola ni colilla. Y, sin emhargo, á la hora de ahora todos nos burlamos, pero nadie fuma en ei interior de ios coches- tranvías. Lo que no se ha conseguido en los teatros, en los circos, ni siquiera en los coches de no fumadores del ferrocarril, se ha logrado en el tranvía al primer intento. ¿Por qué causa? P o r ésta, indudablemente: Todos creímos que aquellos avisos pegados al cristal eran pólvora gastada en salvas, y, como es lógico, todo el mundo tiró su cigarro ante aquella pólvora municipal. Ahora se prohibe que en cada plataforma vayan más de seis personas, y aunque la orden es un poco más peliaguda que la anterior, ustedes verán cómo acaba por acatarse sin protestas. A poco que se descuide el cobrador, ya ha subido al tranvía alguno mas de los permitidos. -A ver, dice; ¿cuál es el séptimo? -N o hurtar, responde el aludido. -P u e s haga usted el favor de bajarse, porque no pueden ir más que media docena en cada plataforma. Seis delante y seis detrás, sin contar el mayoral y el cobrador, que van también de pie. E s decir, que la docena del tranvía viene á ser un -oco más larga que la docena del fraile. Cuando se h a cubierto el cupo, se baja el completoj se echan las cadenas y se mira con cara de perro al mísero transeúnte que aguarda en balde el paso de un tranvía desahogado. H a y muchos que se cuelgan al torno como los chicos, esperando que vaque algún asiento por defunción ó por traslado. ¡C a r a m b a i exclamado pronto un pasajero. ¿Qué ocurre? preguntan los demás. -N a d a que con el demonio de la cadenita acabo de hacerme un siete en el chaqué. ¿U n siete? grita el cobrador interviniendo; ¡bájese usté en seguida! ¿P o r qué? -P o r q u e ya estoy cansado de decirio; n o se permiten más que seis.