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20 Y Parras y Sánchez no bastaban para recoger en los chambergos y las capas y buscar entre los charcos las monedas de cobre que caían. -Hemos saqueado el barrio, dijo Parras; aquí no puede haber más: vayámonos algo lejos. III En la calle del Clavel, cerca de los Capuchinos de la Paciencia (1) dijo el Sr. Sánchez: -Han echado una escala. Cantad aquí, que bien lo necesitan. Parras cantó: Ella espera en la ventana, la escala toca en el snelo, y por la escala de seda trepando está n esqueleto. ¿Eh? ¿Qué sucede? dijo el cantor. -Que han soltado la escala y me cayó en la cabeza. ¿Qué hacemos con ella? -Lo que debemos hacer es poner tierra por medio, no salga un galán á pedirnos cuenta y probarnos que es galán de carne y hueso. -Por ahí no; nos atropellarían esos coches rodeados de lacayos y mozos de sillas con hachas en las manos; sin duda son los caballeros que acompañan á las cantantes que vuelven de los Caños del Peral. -Tiene razón su merced, y eso prueba que son ya las once y media: ¡qué gente y qué vida! Pues ¿y esos que bailan contradanzas á estas horas en la calle de San Miguel? Ahora lo verán. Y Parras entonó su copla más terrible contra el baile. Los músicos callaron. -Parece que les hizo efecto mi cantar. -ISo os hagáis ilusiones; han variado de aire y ahora tocan un fandango. IV- -Esa bota será vuestra perdición, hermano Parras, y en conciencia debo delataros al Hermano mayor, porque bebéis con exceso. Es tarde ya; las esportillas pesan demasiado; retirémonos. -Esta es la casa de un opulento arrendador de alcabalas que está muy enfermo; acaba de entrar un Padre agonizante; dejadme disparar á su puerta un saetazo. -Con moderación. -Seré suave. Despierta, hermano, despierta, que mientras todo reposa, la muerte llama á tu puerta y están abriendo tu fosa. í 2? y Poco después lanzaba al aire, esquina á la calle de las Infantas, otra copla: Satanás bnce una leva: venid á sus escuadrones, espadachines, blasfemos, adúlteros y ladrones. ¡Y ladrones! cantó de nuevo la voz burlona y nasal. -Me parece que suena ese eco desagradable en aquella ventana iluminada, dijo el Sr. Sánchez; id y asomaos ¿Qué veis? -Veo un difunto amortajado con hábito de San Francisco y con una cruz de cera entre las manos. -lío debió ser ese el que cantaba. -Al menos, no parece muy serio en un difunto burlarse de los vivos. ¡Tu fosa! repitió á lo lejos el eco burlón que les había perseguido al principio de su ronda. ¿Oís? Eso no me gusta, dijo el Sr. Sánchez; tiene algo de sepulcral. Un criado les llamó desde la casa del arrendador y suplicóles atentamente que no volvieran á cantar. ¡Alto ahí! exclamaba poco después la voz burlona y nasal; he cantado con vos toda la noche y me corresponde lo que hay en la esportilla. Y el desconocido puso la punta de su daga en el pecho (1) TToy plaza de Bilbao, que se hizo con el polar de aquel convento.