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LOS HERMANOS DE LA ESPERANZA (EPISODIO DE COSTUMBRES DE MITAD DEL SIGLO X V I I I) AMOS, hermano Parras, tome su linterna y su esportilla, que ha cerrado la noche y ya es hora de pedir. Así decía á mediados del siglo X V I I I envolviéndose en su hermosa capa parda y poniéndose el chambergo en la sacristía de las Recogidas, al final de la calle de Hortaleza, el Sr. Sánchez, digno individuo de la Real Hermandad de ÍTuestra Señora de la Esperanza y Santo celo de la salvación de las almas. -Un momento, Sr. Sánchez, le contestó su compañero descolgando una raída capa de grana y ciSéndose un viejo espadón de cazoleta. ÍNo echamos el lílíirúo trago? -Ya hemos bebido lo necesario; tened en cuenta que habéis de cantar, y no está bien que se os ponga la voz aguardentosa. Qué, ¿os ceñís la bota á la izquierda y la espada á la derecha? ¿Y cómo os defenderéis si nos acometen? -Siempre me he defendido mejor con la bota que con la espada. Crea vuestra merced que es más fácil desarmar á un valiente con un trago que á estocadas. -j Pse! ¡Linterna? ¡Ojo á la ronda! dijo en la calle un embozado á otro, señalándole los cofrades. -No hay cuidado, respondió el desconocido; son los hermanos del Pecado mortal, que salen á pedir. ¿Vamos á ellos? -Eres un imbécil; llevan las esportillas vacías y son gentes acostumbradas á gritar. En esto llegaron los hermanos cerca de ellos, y les dijo el Sr. Sánchez deteniéndose: -Para hacer bien y decir misa por la conversión de los que están en pecado mortal- -Que recojáis mucho, por la parte que nos toca, dijo el embozado de más talla; somos pecadores y mortales; para nosotros postuláis. II El hermano Parras estaba en voz, y las coplas que cantaba debían impresionar al vecindario, porque no cesaban de abrirse puertas y balcones en las populosas calles de San Antón, San Gregorio, Regueros, Belén, y aun en la plaza de Frías y otras calles y rinconadas del barrio de las Mercenarias Descalzas, hoy muy variado. Pero donde más efecto causó su sonora voz de bajo fué en la calle Real del Barquillo, morada de la gente de bronce. Parras había cantado esta copla: Pregonando va un demonio por toda la vecindad ese pecado que ocultas y no quieres confesar. ¡Confesar! cantó á lo lejos una voz nasal, prolongando la copla largo rato. -Creo que os remedan, dijo el hermano Sánchez. -Y la calle parece desierta. ¿Desierta? En un instante se llenaron las ventanas de candiles y velones, oyéndose voces que llamaban desde todos los pisos y fachadas. ¡Aquí, pecado mortal! ¡Aqui!