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319 -No lo permita Dios, replica la tendera, madre y viuda. ¡Y que no llevo yo postre! observa el retirado, haciendo una mueca por sonreirse, como si le ejecutaran en. garrote vil. ¿Que lleva usted, D. Jerónimo? Y la sobrina responde apresuradamente: -Lo que no puede decirse. Llegada al campo la tribu, empieza la tarea de cocina. -i Quítese usted la levita, D. Jerónimo! grita una de las pensionistas. -N o, tío, no, que se va usted á enfriar, aconseja la cariñosa sobrina. ¡El arroz! ¿Dónde está el arroz? -Aquí. -Vamos, eche usted fuego, Roque; eche usted fuego. ¡Ay! este cabrito se parece al tendero de ultramarinos de la esquina, apunta la tabernera. -i Qué es eso, D. Jerónimo? -Que he sentido una chinita en el sombrero, y en cuanto se repita la broma, levanto á cualquiera la tapa de los sesos. -Estarse quietos, amonesta doña Paz, la esposa del dueño de la zapatería, á dos niños de obra prima que posee, capaces de aburrir á un santo. El programa de la merienda es escogido, como siempre. Primero: tortilla de aires nacionales. Segundo: arroz con pollos. Tercero: cabrito asado y embolado, para evitar desgracias. Ensalada de lechuga y postre de pasas, almendras, queso de Gruyere todo ojos, y anises y peladillas. ¡Postre de pildoras! dice asombrado un comensal. -Haberle comprado usted y me hubiera quitado la molestia, replica indignado el tío de la chica retirada. Al día siguiente, cuando los encargados de la com- pra rinden cuentas á la sociedad, se acentúan los disgustos. -Por cinco pesetas hubiéramos comido en el Ingles como personas, opina el retirado. ¡Jesús, qué caro está todo en el Santo! observa otro. -Lo que es á mi, otro año no me cogen. El que quiera merendar que vaya á la Tienda- Asilo ó al Comedor de la Caridad, que yo no pago viseras á nadie. EDUARDO D E PALACIO (DIBUJOS DE M K C A C H I S) NUESTROS MILITARES, POK FRADBEA ¿Y -rúes misté, mi Uniente, como no liaiga venio mezclao con los garbanzos -iCórchoKs con los húsares de íoy en dia! ¡Nosotros los de Antequera sí que érainoB canela fina!