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CABRITO POR ACCIONES que si con fe le comieres y calentura trujerea, volverás sin calentura Asi decía ó cantaba un ciudadano cw- da parodiando la inscripción que se lee en la fuente del Santo, cuya agua milagrosa limpia de calentura á las personas de buena voluntad. Día grande para Madrid, que festeja á su Santo Patrono con romería en la Pradera, y juergas y bailes campestres, y fenómenos; porque éstos nunca faltan. ¡La mujer gigante, que mide tres metros noventa y cinco centímetros y puede llevar un hombre en cada bolsillo del delantal! ¡Hercules emigrado: levanta con la barba seis quintales de peso bruto! ¡La joven australiana con piel de leona ó con piel de Rusia! ¡Adelante, caballeros: veinte ce ntimos la entrada, y diez los militares de menos de tres años y niños sin graduación y forasteros! Y en la puerta del establecimiento una sección de la sociedad de conciertos por intrigas, compuesta de bombo, platillos y un clarinete con llaves ganzúas. Se reúnen dos ó más familias y algunos sujetos adyacentes, no como viseras, sino también de pago. Se fija la cuota, ó cota según suelen decir los socios; se paga, y se encarga á una comisión mixta de la compra de primeras materias, corte y con fccoión de la merienda en el Santo. Doña Serafina, la tendera viuda de lienzos, se encarga con su liija política de la compra de un cabrito, ó de un matrimonio de cabritos, según el niimero de esponsales que dice ella, en lugar de comensales Las tortillas corren de cuenta de las vecinas del segundo, que son respectivamente huérfanas y pensionistas. Del vino se encarga el propio tabernero establecido en la misma casa. De los postres, un señor retirado que vive con una sobrina, también retirada. Hombre de carácter feroz, que va á la Pradera con revólver y bastón de estoque, por si acaso. Los miembros de estas asociaciones van unas veces á pie y otras en ómnibus, conforme á la cuota prefijada. anuncia al país ilustrado el espectáculo nunca visto, ejecutando fragmentos de Puritanos y vecindad, de Los Maestros cantaores y de otras óperas. ¡Día triste para corderos y cabritos de bien, gallinas, tiples de piuioa y conejos espontáneos! ¡Cuántos sucumben en el día del Santo! ¡Luego dirán que no hay dinero, y está la Pradera que no cabe en ella una tortilla! opina algún observador de lo insignificante. El espíritu de asociación y el derecho de reunión y el de diversión facilitan la empresa más dificultosa. Una merienda á escote es una hermosura. Una parte de la merienda va ya condimentada; otra es de rigor que se apañe en la Pradera. Cuando la comitiva se traslada al Santo en dos ¡ñes, esto es, cada cual en los suyos, un mozo conduce el féretro donde descansan el cabrito ó el borrego. Cuando los asociados van en ómnibus, llevan ellos mismos sobre sus rodillas á los tiernos infantes asados en sus respectivas cazuelas. ¡Cuánta alegría! ¡Qué ocurrencias! ¡Cómo inspira el olor de la pebie á los llamados á consumirla! ¡Pensar que nos hemos de ver así todos! dice uno.