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316 na, si es preciso, pero la buscaré! Los pocos años que me quedan de vida quiero que los pase á mi lado. Yo volveré á abrirla mis brazos en cuanto me pida perdón arrepentida ¿Y por qué no me lo ha de pedir? II ¡Arre, burro, arre, que vamos en busca de tu ama, de aquella chiquilla que tantas veces has llevado por agua á la fuente! ¡Pobre borrico! También tú eres viejo, pero yo soy más desgraciado que tú, porque á ti no te ha abandonado nadie. Qué, ¿te cansas? ¡Quién había de decirte que á tus años, en vez de reposar en tu cómodo pesebre del pueblo, sin otro trabajo que acarrear alguna carga de leña del monte, ibas á encontrarte trotando por esos caminos conmigo á cuestas! Pero también ¡cómo habla de sospechar yo que dejara á mi edad mi humilde estanco de aldea, marchándome á la ventura, cuando ya no puedo con mi alma! ¡Qué desgraciados somos los dos! Aquellas casas que se ven allí á lo lejos son de la villa. ¡Tres días andando para llegar á Madrid! El corazón se me salta. Esta noche dormiré en la misma ciudad que mi Maruja; mañana, sin perder un minuto, empiezo mis averiguaciones. Con el dinero que traigo bien puedo sostenerme quince ó veinte días. Yo conozco la corte: he servido en ella al rey un año; me alojaré en la posada del Peine, que es muy barata. ¡Arre burro, que ya falta poco! III ¡Nada, veinte días vividos en la calle sin encontrar rastro ninguno! ¿Si no se habrá venido á Madrid? Y lo peor es que no me queda un céntimo, y ya debo una semana de habitación. ¡Qué hacer, Dios mío! Es una situación insostenible. Me marcharé; pero ¿dónde? ¿con qué dinero? Y si no me voy, me sigae corriendo el alquiler de mi cuchitril. ¡Ah, la esperanza wtv? no me abandona! A pesar de mi mala suerte, una voz interior me dice: ¡Aquí está! No me queda otro remedio; venderé el burro, y con lo que me den por él tiraré unos días más. ¡Pero desprenderme del pobre jumento, nacido en mi casa! ¡Abandonarle en poder de un cualquiera, que lo molerá á palos! ¡No, no, nunca! ¿Y si en ese nuevo plazo encuentro á mi hija? El sacrificio es necesario. ¡Antes es ella! IV Sí, señor, de cualquier cosa; aunque fuera de peón. No encuentro trabajo en ninguna parte. ¡Dios se lo pague! Es imposible continuar así, viviendo de limosna; estoy destrozado, muerto de hambre. Mañana me vuelvo al pueblo; allí siquiera no me faltará un pico con que ganarme un pedazo de pan. ¡Ah, infame hija, no es posible que tu delito quede impune! ¡Por tu inicua traición me veo yo en la miseria, arrastrando mis penas por las calles! ¡Qué! ¿qué veo? ¡En ese coche! No, pero ella tiene el pelo negro, y esa es rubia. Sin embargo, sus mismos ojos, la misma cara Se baja y entra en la platería. Si pudiera verla por el escaparate No se la distingue; esperaré á que salga. Pero no, sin duda es alguna que se le parece mucho. ¿De dónde iba á sacar mi chiquilla semejante tren? ¡La palurda convertida en una señora! ¡Qué cosas se le meten á uno entre ceja y ceja! ¡Ah! La tienda forma esquina; quizás por la otra calle se la descubra. ¡Justo! ¡Dios mío, qué