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314 Sevilla pudieron ver al apuesto mozo que, llevando á la espalda un no muy pesado ni voluminoso Ho sostenido en los gavilanes de un estoque de matar, salía de la ciudad, dejando á un lado la azulada corriente del caudaloso Betis. IV La corrida dejó memoria dificil de borrar. Desde la salida de aquel animalito, cuyos pitones habían puesto carne de gallina en los más bravos, se vio en Currito un desahogo y una soltura, que no parecía sino que toda su vida, se la había pasado andando entre los toros. Después de correrle como pudiera hacerlo el torero más hecho, él solo le pareó, y cada uno de los tres pares que puso produjo una tempestad de aplausos. Sin embargo, cuando el entusiasmo rayó en el delirio fué cuando requirió aquellos trastos cuyo préstamo tanto trabajo le había costado. Fresco, apretándose con el toro, que estaba bravo como cuando saliera del chiquero, despegándosele con los brazos, y con los talones clavados en el suelo, se apoderó de él con tal aplomo y tan buen arte, que al sexto pásele tenía cuadrado. Entonces todos esperaron que se arrancara al volapié con la misma valentía que había empleado en el trasteo; poro él, adelantando el pie izquierdo y metiendo el pico de la muleta en el mismo hocico, aguardó sin moverse la acometida de la fiera, que, al tomar con bravura los vuelos de la muleta, se abrió de patas y quedó inmóvil, como si hubiera sido herida por el rayo. Media estoc (la en los mismos rubios, y dada en la más pura suerte de recibir, la hacia rodar de allí á pocos segundos á los pies de Ourrito Carrizales, mientras un diluvio de sombreros premiaba aquella asombrosa y lucidísima faena. Todos los aficionados do Sevilla que habían acudido á la ñesta se echaron al redondel á felicitar calurosamente al improvisado diestro. Solo uno, m buen mozo en toda la extensión de la palabra, de tez tostada, de negras y espesas patillas, y cuya coleta delataba su profesión, se contentó con tender la mano al mozo, diciéndole con un acento en que más se notaba el dejo americano que no el ceceo andaluz: -Niño, por ese camino se llega á ser un matador de toros. Currito alzó los ojos, empañados por las lágrimas, y no acertó á contestar de otro modo que estrechando con veneración aquella mano. No era extraña su emoción. El que tan lisonjeras frases le había dirigido era nada menos que el señor Manuel Domínguez. V Aunque los mil quinientos reales no bastaron, la operación se llevó á cabo por los médicos más afamados de Sevilla, y la madre del héroe de Escacena se restableció por completo. La generosa mano del famoso diestro que no dejó nunca que se le designara con el apodo de Des jerdicios, atendió con largueza, no sólo á los gastos de la cura, sino á todos los de una larga convalecencia. Y, sin embargo, á pesar de aquella valiosa protección, el que parecía estar llamado á ser renombrado espada no volvió á pisar la arena de plaza alguna. La suerte tiene esos caprichos. Su nombre no volvió á sonar más que una vez. E a la lista de muertos de una de las acciones que precedieron á la batalla de los Castillejos de nuestra gloriosa guerra en África, figuraba, entre otros igualmente obscuros, el de Currito Carrizales. ÁNGEL E CHAVES (DiBiJ- JOS Tiv. H U E R T A S)