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CURRITO CARRIZALES Algunas palizas había costado á Cuvrito Carrizales su afición á los toros. Su padre, que no menos que en darlo una carrera litcrai- ia había pensado, veía j) cr lerse su tiempo y su dinero, porque el chiquillo, que, entre paréntesis, á los quince años y en cuanto se vestía de corto se llevaba enrollados los corazones do todas las mocitas de la ciudad en las muletillas de filigrana de su chaquetilla color de guinda, m; is afición le tenía á andar estorbando en las naves del matadero, que no á llenar su hueco en los bancos universitarios. Y no se crea por esto que Currito tuviera malas inclinaciones. IJOJOS de ello, su corazón era de condición tan mansa y obediente, que 61, ante todo, lo que quería era dejar cumplidos al pie de la letra los deseos de su padre. Pero había algo más fuerte que (i. Oir que se daba una capea en los pueblos del contorno, ó saber (pie se preparaba un acoso ó una tienta en Tablada ó en cualquier próxima dcihesa, ora lo mismo que echar por tierra sus buenos) ropósitos, y allí estaba él con su manta, dispuesto, si la ocasión se terciaba, á dar dos lances de capa un becerro adelantado, ó á parar los pies con dos verónicas á un novillo bravucón y querencioso. ¡Y cuidado que vocación se necesitaba para ello! Tras de los revolcones que á las veces lo costaba su arrojo, venía la segunda parte, que ai in le escocía más. El árnica que le esperaba en casa eran unos cuantos palos, que con mano nada suave por cierto aplicaba á las contusiones el autor de sus días, y aun esto lo hubiera llevado con rclati va paciencia si los lloriqueos de su madre, á quien más que á las niñas de sus ojos quería, no le hicieran concebir unos propósitos de enmienda que, por desdicha, no duraban más allá del tiempo que tardaba en presentársele otra ocasión de lucir sus no comunes aptitudes para correr una res brava á punta de capote ó marcarla un par de banderillas en las mismas agujas. II Las cosas no tardaron en torcerse, y lo que hasta allí hablan sido holguras y regalos trocáronse en penalidades y miserias. Cuando Currito contaba apenas diecisiete años, la muerte de su padre coincidió con la total ruina de la más que modesta fortuna que aquél á fuerza de trabajo lograra reunir, y encontróse el mozo llamado á ser el sostén y amparo de su anciana y achacosa madre, sin tener para ello más que una tan buena dosis de voluntad, como de ineptitud para todo lo que no fuese realizar aquellas aspiraciones que ya conocemos y que tanto detrimento produjeron en sus costillas. Y, sin embargo, como precisamente lo que con más empeño le pidió su nradre fué que no se dedicara á torear, Currito se resignó, y safee Dios con cuántas fatigas iba saliendo, aunque malamente, del atoUadci o en que la suerte le había metido, cuando á esta caprichosa y á veces mal intencionada deidad le ocurrió ponerle delante un nuevo bache que atascara el carro de su trabajosa existencia. La pobre anciana á que consagraba todos sus desvelos cayó en cama con una de esas enfermedades cuyo remedio único consiste en una arriesgada y costosa operación quirúrgica. Bl médico, que poco menos que de caridad la asistió en los primeros momentos, lo comprendió así, y llamando apaí- tc un día al muchacho, le expuso la situación en breves palabras y con esa franqueza un poco ruda que da el hábito do mirar frente á frente toda suerte de calamidades. -jT qué es lo que hay que hacer? preguntó Currito cuando hubo acabado. -Dos cosas, de las cuales no puedes optar más que por una, contestó el médico con frialdad. Con dinero, la operación se podría hacer aquí. Sin él, no hay más medio que llevar á tu madre al hospital. El mozo palideció. Sacar á su rnadre de aquella casa en que había disfrutado de todos los regalos y comodidades de la vida, era darla un golpe mortal. El sabía la resistencia que había de encontrar, y sin vacilar contestó: -Mi madre no va al hospital. El galeno se encogió de hombros y se limitó á decir: -Lo más, dentro de dos días hay que decidirse. Después sería ya tarde. Y sin añadir una palabra más, salió de la casa. III Al día siguiente so debía dar una novillada en Escacena del Monte, pueblo situado á no larga distancia de Sevilla. Pero el Ayuntamiento, que era el que había dispuesto la fiesta, se encontraba en un grave compromiso. Como único toro de muerte que debía lidiarse en ella, se había adquirido un animalito de cinco años muy corridos y de tanto respeto, que apenas le hubieron visto varios principiantes con que de antemano so había contado, se apresuraron á deshacerse de todo compromiso, negándose rotundamente á actuar como espadas. En toreros más formales no había que pensar. Estos se escudaban en que su categoría no les consentía actuar en plaza de tan escasa importancia, y como la corrida estaba ya anunciada, no había más medio que tentar la codicia poniéndola cebo en que fuese difícil dejar de morder. ííada menos que mil quinientos reales se ofrecían, casi casi á voz de pregón, al que se comprometiera á despachar el bicho. Cómo llegara á oídos de Currito Carrizales la noticia, es punto que las historias no aclaran. Pero todos los cronistas están contextos en que, después de invertir gran parte de la noche en buscar quien le prestara los avios, apenas el rubicundo Febo comenzaba á derramar el haz de sus rayos por la superficie de la tierra, los vecinos más madrugadores de