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311 -Es así, pero ya no soy mozo. El tiempo, reprodaciendo un año tras otro los mismos ó parecidos sucesos, es piadoso; suaviza con una aparente lentitud la rapidez i e su marcha. Figárese usted, mlster, que hace dos años justos María era soltera; su padre, hombre rudo y tenaz, campesino rico y codicioso, había prometido la mano de María á un joven, rico también, y á quien María no hubo de rechazar, porque hasta entonces ella no habla conocido sentimiento alguno que la animase á contrariar la voluntad irresistible de su padre. Vinieron á pasar con mi madre, que ei paisana de ellos, las fiestas de San Isidro. Se hospedaron en nuestra casa; María y yo nos conocimos, nos tratamos; ella, tan serena, tan noble, tan apasionada, y ¡por qué no he de decirlol tan hermosa oyó mis requiebros sin oponerse á mis galanteos, pero sin dar pruebas de que los oyese con agrá, do; después, tampoco quiso dar respuesta alguna á mis proposiciones amorosas Pero asistimos á, la Prav dera; no sé aiin cómo después de nuestra merienda en familia tuvo la idea de que la acompañase á com- l Isrfv prar unas cuantas chucherías, y nos separamos de la familia. Allí dejamos á mi madre, á su padre, á su f prometido, el joven qué yo miraba con prevención y con no disimulado y receloso encono, y recorrimos los J vT z tenderetes cercanos. Pronto conocí que en vez de llevar yo á María, ella era la que me arrastraba cada vez más y más tras de sí, y cuál no serla mi sorpresi al oiría decir: Dios mío, nos hemos perdido. ¿Acertarei mos con el sitio en que hemos dejado á mi padre? ¿Quién lo duda? repliqué. (Yo lo dudo me contestó con un extraño acento de firme é inquebrantable resolución. Vi que sus ojos brillaban de entusiasmo, y con ellos parecía revelarme que todo aquello era desesperado y valiente propósito de su voluntad; lo comprendí, quería que hiciésemos como que nos habíamos extraviado, y así de una á otra parte anduvimos por la Pradera. Pásmese usted, amigo; María bebió algunas copas de manzanilla, cantó, charló desatinadamente, quejóse después de lo que ella supuso intención mía, maquinación de mi malicia para seducirla y ya á las ocho de la noche tomó un coche y me dijo: (Yo me voy sola Nada tema usted, pero esta noche no vaya usted á su casa; no hay otro medio, amigo mío. Espero que usted no aparezca por su casa hasta que mi padre vaya á buscarle. Espérele usted en el Hotel Peninsular. -Querido amigo, añadió Carlos dirigiéndose á mí, usted es UQ caballero, y puedo confiarle el más grave secreto de mi vida. Pues bien, al siguiente día presentóse en mi cuarto del Hotel Peninsular el padre de María á exigirme que me casara con su hija ó que aceptase un duelo con él Figúrese usted cuál no serla mi asombro. La ficción de María, mantenida sólo con su padre y por librarse del irreflexivo compromiso contraído con Bustos, su joven prometido, había sido un acto de heroísmo. Pues bien; yo soy esposo de María, á despecho de su padre y de su prometido, el cual, según tengo entendido, vive en la más fiera desesperación. Es bien extraño lo que usted me cuenta, repliqué. Vagamos por entre la muchedumbre alborozada, ora deteniéndonos ante una juerga, ya ante una amenazadora disfiuta, ebrio yo por lo ruidoso de aquella alegría, por la entonación prepujante de los colores, cuando vi que Carlos me apretaba fuertemente el brazo y me decía: Vea usted qué singular casualidad. Bustos está ahí; él, Zama rreta, el hijo del rico ganadero de Villacerrosa, el prometido de María. Y vi no lejos de nosotros un joven vestido con pulcritud y majeza, pálido, delgado, de mirada torva y triste; llevaba una chaquetilla con alamares y un v. i sombrero redondo; nos miraba, se había detenido, y de pronto, como un rayo, dirigióse á Carlos. t, Af -Con permiso de usted caballero, dijo con voz t. -íf trémula y temblando de cólera. Ahí ¿Con que hizo- J- Í usted una comedia? jUn año he tar (3 adoen saberlo: meló confesó el cochero, me lo reveló un chicaeloque siguió á usted y á Maríal ¿Con que no hubo tal seducción? Ah f iraa miserable! Pues si vosotros hicisteis un saínete, yo voy hacer una tragedia! Antes de que yo pudiese arrojarme sobre el agresor, ant; s de que Cirios hubiera podido poaerse á la defensa. Bustos había atravesado con sa navaja el corazón de mi amigo, que cayó en tierra y coa su sangre la manchó ¡Horrible espectáculol Aquella roja mincha qu 3 se extendía á mis ojos era el colorido propio de la criminalidad propia de un país en el cual no son muchos los crímenes, por más que se diga, y los que se cometen son siempre ceguedad del amor de los celos. i JOSÉ ZAHONERO (DIBUJOS DE HUERTAS)