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LÁ ROMERÍA DE SAN ISIDRO EN 1832 Plácenme los cuadros en narración; en cnanto á los de lienzo, aunque no dejo de hablar de ellos, como tantos otros confieso francamente qne no los entiendo. DIDEJÍOT. Aeí lo ha dicho un autor francés; por supuesto que lo decía en francés, porque tienen esta gracia los escritores de aquella nación, que casi todos escriben en su lengua; no así muchos de nuestros castellanos, que cuando escriben no se acuerdan de la suya; pero, en fin, esto no es del caso; vamos á la substancia de mi narración. Yo quería regalar á mis lectores con una descripción de la romería de San Isidro, y para ello me había propuesto desde la víspera darme un madrugón y constituirme al amanecer en el punto más importante de la fiesta. Por lo menos tengo esto de bueno, que no cuento sino lo que veo, y esto sin tropos ni figuras; pero viniendo á mi asunto, digo que aquella noche me acosté más temprano que de costumbre, revolviendo en mi cabeza el exordio de mi artículo. Eomería (decía yo, para darme cierta importancia de erudito) significa el viaje ó peregrinación que se hace á algún santuario; y si hemos de creer el Diccionario de la Lengua, añadiremos que se llamó así porque las principales se hacían á Boma. Luego vino é, mi imaginación la memoria de Jovellanos, quien considerando á las romerías como una de las fiestas más antiguas de los españoles, añade: La devoción sencilla los llevaba naturalmente á los santuarios vecinos en los días de fiesta y solemnidad, y allí, satisfechos los estímulos de la piedad, daban el resto del día al esparcimiento y al placer. Esto, según la ya dicha respetable autoridad, acaecía en el siglo XII, y mi imaginación se dirigía á cavilar sobre la fidelidad de los pueblos á sus antiguas usanzas. Largo rato anduvieron alternando en mi memoria, ya las famosas de Santiago de Galicia, ya las de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, y parecíame ver loa peregrinos, con su bordón y la esclavina cubierta de conchas, acudir de luengas tierras á ganar el jubileo del año santo. Luego se me representaban las animadas fiestas dé esta clase que aún hoy se celebran en las Provincias Vascongadas, y de todo ello sacaba observaciones que podrían tener lugar cuando escribiera la historia de las romerías, que no dejaría de ser peregrina; mas por lo que ea ahora, no venían á cuento, pues que sólo trataba de formar el cuadro de la dé San Isidro en nuestra capital. Bu fia, tanto cavilé, tantos autores revolví en los estantes de mi cabeza, tal polvo alcé de citas y pergaminos, que al cabo de algunas horas me quedé dorimido profundamente. La imaginación, empero, no se durmió; afectada con la idea de la próxima función, me trasladó á la opuesta orilla del Manzanares, al sitio mismo donde la emperatriz Doña Isabel, esposa de Carlos V, fundó la ermita del patrón de Madrid en agradecimiento de la salud recobrada por su hijo el príncipe D. Felipe con el agua de la vecina fuente, que, según la tradición, abrió el Santo labrador al golpe de su aguijada para apagar la sed de su amo Iván de Vargas. Dominada desde allí la pequeña colina sobre que está situada la ermita, y la desigualdad del terreno, los paseos que conducen á á ella y las elevadas alturas que la rodean, borraban de mi imaginación la natural aridez de la campiña; añádase á esto la inmediación del río, la vista de los puentes de Toledo y Segovia, y más que todo, la extensa capital, que se ostentaba ante mis ojos por el lado más agradable, ofreciéndome por términos el Palacio Real, el cuartel de Guardias y el Seminario de Nobles á la izquierda, el convento de Atocha, el Observatorio y el Hospital general á la derecha; al frente tenía la nueva puerta de Toledo, y desde ella y la de Segovia, la inmensa muchedumbre, precipitándose al camino, formaba una no interrumpida cadena hasta el sitio en que yo estaba ó creía estar. Mi fantasía corría libremente por el espacio que media entre el principio y el fin del paseo, y por todas partes era testigo de una animación, de un movimiento imposible de describir. Nuevas y nuevas gentes cubrían el camino; multitud de coches de colleras corrían precipitadamente entre los ligeros calesines que volvían vacíos para embarcar nuevos pasajeros; los briosos caballos, las muías enjaezadas, hacían replegarse á la multitud de pedestres, quienes, para vengarse, los saludaban á su paso con sendos latigazos ó los espantaban con el ruido de las campanas de barro. Los que