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800 volvían de la ermita, cargados de santos, de campaníllaa y de frascos de aguardiente bautizado y confirmado, los ofrecían bruscamente á los que iban, y éstos reían del estado de acaloramiento y exaltación de aquéllos, siendo así que podrían decir muy bien: Vean ustedes cómo estaré yo á la tarde Las danzas improvisadas de las manólas y los majos; las disputas y retoces de éstos por quitarse los fxasquetes; los puestos humeantes de buñuelos y el continuo paso de carruajes, hacían cada momento más interrumpida la carrera, y esta dificultad iba creciendo según la mayor proximidad á la ermita. Ya las incansaVjles campanas de ésta herían los oídos entre la vocería de la muchedambre que carenaba todas las alturas, y apiñándose en la parte baja, hacía sentir su reflujo hasta el medio del paseo. Los puestos de santos, de bollos y campanillas iban sucediéndose rápidamente, hasta llegar á cubrir ambos bordes del camino, y cedían después el lugar á tiendas caprichosas y surtidas de bizcochos, dulces y golosinas, eterna comezón de muchachos llorones y tentación perenne de bolsillos apurados. Cada paso que se avanzaba en la subida, se adelantaba también en el progreso de las artes del paladar; á loa puestos ambulantes de buñuelos habían sucedido las excitantes pasas, higos y garbanzos tostados; luego, los roscones de pan duro y los frasquetes alternaban con las tortis y soldados de pasta- flora; más allá, los dulces de ramillete y bizcochos empapelados ofrecían una interesante batería, y por último, las fondas entapizadas ostentaban sobre sus entradas los nombres más caros á la gastronomía madrileña y brindaban en su interior con las apetitosas salsas y suculentos sólidos. Qué espectáculo manducante tan animado I Cuáles, sobre la verde alfombra, formaban espeso círculo en derredor de una gran cazuela, en que vertían gruesos cantarillos de leche de las Navas sobre una gran cantidad de bollos y roscones; cuáles, ostentando un noble jamón, le partían y subdividían con todas las formalidades del derecho. La parte más escogida de la concurrencia refluye en las fondas, adonde aguardaban de pie y con sobrada disposición de almorzar, mientras los felices que llegaron antes no desocupaban las mesas. La impaciencia se pintaba en el rostro de las madres, el deseo en el de las niñas, y la incertidumbre en los galanes acompañantes; entre tanto los dichosos, sentados, saboreaban una perdiz ó un plato de crema sin pasar cuidado por los que les estaban cont 5 n o los bocados. J 1,