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LOS ISIDROS ¿Qué lo3 trae á Madrid? ¿Un variadísimo cartel de fiestas? ¿una feria importante en transacciones como aquellas ferias de las tres Medínas famosas en la historia del comercio español! ¿las procesiones? ¿los toros? ¿las diversiones gratuitas preparadas por un Ayuntamiento galante, espléndido y activo? Si á tales cosas aguardasen, ¡á buena hora venían los isidros á Madridl El mes de Mayo seria en la corte un mes como todos loa demás si no vinieran las Compañías de ferrocarriles con la rebaja. Pero ¿quién resiste á la tentación de venir á Madrid por cuatro cuartos y vender luego en la Puerta del Sol el billete de vuelta? Se acabaron los isidros desinteresados; ya no hay quien venga sólo por merendar en la Pradera, beber el agua de la ermita y tirar el botijo en los toros del Santo; el que más y el que menos viene á matar dos pájaros de un tiro. Si no fuera ésta su intención, ¿les darían con tanta facilidad el timo de los perdigones? Pero como no hay español que deje de tener en Madrid asuntos pendientes, la mitad ó poco menos de los españoles aprovechan los trenes áagv baratos para redondear un negocio y comprar un botijo ya redondeado. JBs la eterna frase de Sanlúcar: -A por salmón y á ver al Duque. Hay isidros políticos, isidros literario? isidros artísticos, isidros de la moda, isidros de todas clases y para todos los gusto? Las Cortes están en su auge, la Exposición del Círculo abierta en el palacio de Bibliotecas, los ministerios de par en par, los circos y teatros en la mejor época, la prensa valiente y acometedora; toda la Pradera, en ñu, de arriba abajo y de derecha á izquierda, conmuévese á los golpes del bombo, á las notas del organillo, al chirrido del aceite en las sartenes y al golpear alegre de las castañuelas. ¿Qué mucho que el isidro de nuevo cuño no quiera volverse á su tierra sin llevarse un pito de Gobernación, unas rosquillas de Fomento, un botijo del Senado, ó cualquiera otra bicoca de la prensa, del arte, de la Bolsa, ó simplemente de la sastrería? Sin contar con los que, sobrados de alientos, se quedan en Madrid á poner tienda de botijos, rosquillas y pitos de todas clases. Del isidro- tipo quedan todavía ejemplares, aunque más raros cada vez. Generalmente es alcarreño, serrano, ó de cualquier pueblecillo tan próximo á la corte, que le permi te hacer el viaje en una jornada. No vino el año pasado porque fueron malas las coaechas, ni el anterior porque la parienta se pus mala á última hora, ni antes de entonces porque no tenía aldabas ni conocimientos en Madrid. Pero hoy, hoy que tiene un primo sereno, y que, por consiguiente, puede abrirle casi todas las puei tas de la corte, entra aquí como Pedro por su casa. El relevo de guardias le extasía: nunca ha visto tanto soldado junto; la bola de Gobernación le rege cija; los grandes edificios oficiales le traen á la memoria el consabido refrán: Desde Mailrld al cielo, y allí una ventana para verlo. El entarugado de las calles y los ralis del tranvía le sumen en un mar de confusiones, haciendo la siguiente reflexión: -Aquí loa animales tienen mejor camino que las personas. Eu la Puerta del Sol le ofrecen un brillante baratísimo; en las afueras le proponen cambiar por cartuchos de plata el