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291 ermita. Desde la altura en que está situada se descubre un panorama encantador: al pie del cerro, la Pradera llena de animación y de bullicio; más allá el Manzanares, que, libre por aquella parte de las isletas que dividen su corriente, toma apariencia de río y festonea sus márgenes con verdes arboledas; y en la contraria orilla, y edificada sobre otro cerro, Madrid, la villa coronada y corte de las Españas, reflejándose el sol poniente en los cristales de los balcones y en las cápulas de los monumentos, que quiebran sus rayos en deslumbrante y dorada chispería. La puesta del sol no tiñe aquí el horizonte con franjas de púrpura y de oro como en las comarcas andaluzas, pero tiene un encanto melancólico, sin llegar á los limites de la tristeza, que emociona dulcemente el ánimo. La ermita ostenta sobre el frontispicio del pórtico la inscripción siguiente: La emperatriz Doña Isabel, en acción de gracias por haber sanado- su esposo D. Carlos Ty su hijo el principe D. Felipe, bebida el agua de la fuente milagrosa, instauró eHa ermita año de 162 S: restaurada por el marqués de Valero, fué bendecida en 1125. La archirofrad a de San Pedro, San Andrés y San Isidro dedicó esta memoria año de 1885. Aunque era antigua la devoción al Sanio, debe advertirse que éste fué beatificado en J I de Junio de 1619 y canonizado en 12 de 3I arzo de 1622. Sobre el pórtico de la ermita y dos columnas se levanta la espadara con dos campanas, y en medio una hornacina ocupada por la efigie del Santo, vestida con un pardo sayo y sosteniendo en la mano la aguijada con cuyos golpes hacía brotar los ocultos manantiales. En el altar r, rodeado de milagros y exvotos, las de la devoción popular, resplande 3 imágenes de San Isidro y de su mujer Santa María de la Cabeza. La efigie que ocupa la hornacina es objeto de la piedad y del mal humor de los vendedores c industriales si los vientos y la lluvia aguan la fiesta, como vulgarmente se dice, siendo á veces necesario en este caso que los agentes de la autoridad metan en cintura á los revueltos vendedores. Pero si el Santo intercede con el Supremo Hacedor, y se disipan las nubes, se calma el viento, se serena el cielo y el sol resplandece, cobran esperanzas los vendedores, lloran de alegría y gritan con fervoroso entusiasmo: ¡Viva el Santo! i Viva San Isidro! Cae la tarde, y los romeros vuelven á la villa por el camino de San Isidro; las mañuelas, ómnibus, berlinas y demás carruajes ocupan el paseo central, y los que vienen á pie los paseos laterales. Las sombras del crepúsculo y la polvareda roban á los ojos el animado cuadro, pero no al oído los rumores de aquella muchedumbre alegre y satisfecha, que, al compás de las guitarrillas, canta, para divertirse y hacer más corto el camino, malagueñas, seguidillas y jotas, acabando con el conocido estribillo: De San Itidro vengo y he mercndao; más de cuatro qiiisieran lo que íjasobrao JOSÉ 1) E V E L I L L Á (DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA)