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290 A la sombra de los quince ó veinte árboles que crecen en la Pradera, bailan, cantan y meriendan las alegres familias que aún conservan el culto de estas piadosas tradiciones; pasa la bota del tinto de Valdepeñas, ó del blanco de Yepes, de mano en mano; llega al olfato el tufillo del cordero asado, de los callos humeantes y de los especiados caracoles; los chicos tocan, sin parar, los pitos del santo, suenan las guitarras y los organillos, y emboban se con aquel espectáculo los isidros, que así llaman á los I 7 forasteros. A un lado se levanta un choza jo con este letrero: Vinos y comidas del Ratón más allá el Merendero del Pintor en cuyos lienzos se ven cuadros que pueden competir con el del pintor Orbaneja; otro con esta inscripción: Conejos y pollos guisados á 4 pesetas. Callos y caracoles Y siguen otras tiendas, formadas sus paredes por viejas esteras, sus techos por latas de cajas deshechas que sirvieron para c o n t e n e r petróleo, y guarnecidas al rededor por una banda ó cenefa de percalina roja. Toscos bancos, sillas y mesas cojas brindan al descanso y al refrigerio. Más adelante se encuentra el Tío Vivo, con sus caballitos y cunas que giran al compás de la música de un organillo; el Traga- pelotas, enorme cabeza de cartón con boca LI 3 desmesurada, en la que el jugador, para ganar, ha de acertar á meter el proyectil; museo de figuras de cera, fantoches y otros varios establecimientos para solaz y recreo de los romeros, que bien pudieran llamarse isidreros, puesto que no van á Eoma, sino á San Isidro. Dando aquí la vuelta por el camino alto, tópase primeramente con los puestos de botijos del Santo. Estos son de barro de todos colores y hechuras, desde la ánfora romana hasta la morisca talla ó jarra de la Kambla, y la familia de pura sangre madrileña ha de proveerse de uno de estos botijos. Es tradición que el Santo se ejercitó en hacer y descubrir pozos de agua potable que por sus virtudes sanaba las calenturas y otras dolencias, y de aquí, sin duda, nació la devota costumbre de regresar á la villa trayendo un botijo del agua de la fuente adosada á la ermita, y que abrió Isidro dando un golpe con la aguijada en una peña. Este manantial se conserva hoy con una lápida, en la que se lee esta inscripción, en la siguiente forma: lOli aguijada tan divina como el milagro la enseña, pues sacas agua de peña, milagrosa y cristalina; el labio al raudal inclina y bete de BU dulzura, pues San Isidro asegura que si con fe la bebieres y calentura trujeres, volverás sin calentura! t Siguen á un lado y otro de la calzada los puestos de iuguetes y de chucherías y golosinas, y aturden los oídos las voces con que los vendedores pregonan los torraos, cacahiiets, rosquillas del Santo y rosquillas de la verdadera tía Javiera, la cual alcanzó gran celebridad por las suyas é hizo famosa su patria, la humilde villa de Fuenlabrada. ¡De yema sola! grita un vendedor. ¿De la tía Javiera? le pregunto. -Sí, señor. ¡Pero si la tía Javiera murió hace muchos años! -No importa, señor; es que soy su nieto. P a s o JXLLIJUIL, p. U HL una graciosa chica que vende cabezas de cartón, deformes y grotescas. -Llévelas usted, me dice. ¡Cabezas de los ministros! ¡A diez céntimos una! -Son caras. -Tiene usted razón, me replica; algunas valen menos. Continúo mi paseo, y distraigo la vista en los puestos de flores de trapo y de medallas y milagros del Santo, hasta llegar á la fuente prodigiosa; allí, por diez céntimos, puede beberse un vaso de aquel agua, ofrecida por apuestas jóvenes que la sirven de sus botijos á chorro limpio. El incesante campaneo anuncia que se ha llegado á la