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NOVELAS EELÁMPAGOS EL SEÑOR ¿EH? -Es un matrimonio muy proporcionado. Ella rayará en los treinta, yo tengo cuarenta y nueve años; ella lleva sus ouaititos, yo poseo la mejor botica del pueblo. ¿Qué de particular ofrecería el que nos casáramos, eh? ¡Pues nadal T á mí se me figura ¿eh? que la viuda no me había de rechazar. No hay más que verla para comprender lo buena que es. Luego, no me precio de guapo, pero vamos, no me parece que soy ningún ogro. Además, la mujer siempre se encuentra dispuesta ¿eh? á volver á ingresar en la hermandad de San Marcos. Lo peor es la hermanita casada, la antigua coquetuela, que no sé cómo encontró marido. Es capaz de reirse de su sombra. En fin, con tal que consiga mis propósitos, aguantaré la mecha. 1 Pues no digo nada de lo que se va á enredar en 1 pueblo cuando sepan que el boticario tiene novia I Facundo, necesitas de todo tu valor, ¿eh? Decididamente. Salga lo que saliera, á la primera ocasión me declaro, y ¡qué demonio! no creo que me dé calabazas. Ya verán esos mentecatos bocazas de mis convecinos cómo se quedan con un palmo de narices, y con mis manos lavadas me llevo un tesoro que muchos codician. II ¿Si habrá faltado esta tarde á los ejercicios? No es posible; es muy devota. Allí la distingo; me acercaré. -Adiós, Doña Purita. -i Don Facundo 1 ¡Pero este hombre no me deja ni á sol ni á sombra! Al pronto no le había conocido. Como me oía llamar con tanto respeto! -El que se merecen sus altas virtudes. -Pero así me hace usted más vieja. ¿Vieja usted, señora mía? Las rosas ¿eh? no son tan frescas como su cara. ¡Já, já, já! ¡Qné bromista es usted, D. Facundol- -Es que no hablo en broma, ¿eh? Si no supiéramos todos que es usted viuda, ¿eh? podría pasar por una muchachita casadera. -I Jesús I I Pero usted tiene vista de aumento! (No sé cómo cortar el diálogo. -Al contrario. Todavía no digo todo lo que siento, ¿eh? (No me escapo. Lo que yo estaba temiendo. Vaya, vaya con su buen humor! -Doña Pnrita, tengo que conferenciar con usted. ¿Qnién me saca del apuro? La confitera ¡Me he salvado! No se moleste usted. No ha habido sermón y acaba de concluirse la novena. -Hola, Purita. ¿Y cómo fué el suspenderse? -Porque se indispuso el padre Bruno. -Entonces, me vuelvo á casa. ¿Se viene usted? -Vamos andando. ¡Se lució! ¡Maldita bachillera! La gran oportunidad perdida. Pues yo sigo mi camino. Que usted lo pase bien, Purita; buenas tardes. -Quede usted con Dios. IV ¿Estás mirando? ¿Qué te dije la semana pasada? Ahora sí que me ha puesto entre la espada y la pared. Porque á sus insinuaciones pude hacerme la tonta, pero ante una carta declaratoria no tengo más remedio que contestar algo. -Yo te dictaré la respuesta, hermana. -IDesde luego! ¡Para que lo eches á bulla! Al fin y al cabo, D. Facundo es un amigo de casa de toda la vida. ¿A que te has enamorado? ¡Si el ungüento amarillees temible! ¡Qué cosas tienes! V -Don Facundo atraviesa la calle. ¡Y viene á casal- -A pedirte. Se ha puesto de punta en blanco. -Pues, por si acaso, me encierro en mi cuarto y no salgo. ¡Ahí Ya no es posible. Me ha visto; me saluda. -No te importe. Se me acaba de ocurrir una idea magnífica. -Pero- -I Silencio! Aquí está. Pase usted adelante. III -Te aseguro que si no se acerca la confitera me dispara la declaración. ¡Esto ya es insufrible! -Por supuesto, soltaría un millón de ¿eh? Créeme que tengo curiosidad por saber las veces que dice su estribillo en una conversación. ¡Y que no se pone feo para pronunciarlo! ¿Eh? Parece un pez con la boca tan abierta. ¡Já, já, jal Pues asi y todo, se ha empeñado en hacerme boticaria. ¿Y qué mal hay en ello? Serás la señora ¿eh? Mira, en serio, no me parece un partido loco. -Búrlate lo que gustes, pero es un verdadero compromiso, Eita. VI ¡Cuánto bueno reunido! Doña Purita, usted siempre tan hacendosa; Doña Eita felices tardes. ¡Qaé quiere usted, D. Facundo! Tengo cuatro chicos que son cuatro caballos; no se dan abasto á lomper. Y como se puede hablar y hacer media