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284 Felipe 11, hasta por la pérdida de sus Estados, antes que transigir ea materias de religión. Y he aquí por dónde el ejército español fné en dicha centuria y en aquellos Estados el paladín de los ideales católicos, retando á singular batalla á Zos meríJaAeres, j aun acometiéndoles sin reparar- en el número de sus auxiliares y aliados. Las banderas y estandartes, en los que se ostentaba la imagen de María inmaculada, simbolizaban perfectamente aquellos ideales. Por ellos luchó un día y otro día, un año y otro año, el infante español. Y cuando caí lo y maltratado veía alejarse á sus enemigos victoriosos, todavía le quedaban alientos para repetir, como el triste caballero, ardiendo en coraje: ¡Cobardes, gallinas luteranas, atended! (1) a Gayó Bocinante y fué rodando su amo una buena pieza por el campo, y queriendo levantarse, jamás pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y entre tanto que pugnaba para levantarse y no podía, estaba diciendo: Non fuyais, gente cobarde, gente eautim; atended, que no por culpa nví. a, sino de mi caballo, estoy tendido. Y asi fué, en efecto: el abatimiento de nuestra nación, la ruina de nuestro ejército, no fueron originadas por vicios interiores, sino por el peso de nuestra propia grandeza, por lo extenso de nuestra dotniaación; peso y grandeza que contrastaban con la escasez de fuerzas, hija tanto del cansancio como de la imposibilidad de sostener la colosal armazón de nuestra monarquía. Por eso no fué vergonzosa nuestra caída, ni nuestro paulatino abatimiento vil y ruin. Luchamos como buenos; pero como luchamos con desventaj notoria, caímos también sin mengua. Y el soldado español, el héroe de estas famosas guerras, pudo, como el personaje de Cervantes, decir que toda su desgracia la atribuía á la falta de caballo. No podía, en verdad, sostener la nación aquel ejercito, ni podía tampoco nuestro soldado luchar aislado y sin auxilios eficaces contra enemigos holandeses, tudescos, ingleses y flamencos; pero si dio con su cuerpo en tierra, cejó gloriosamente, cual correspondía á su digna y brillante historia, una historia esmaltada de heroicas locuras y epilogada con los célebres nombres de Kooroy, Lens y las Dunas. Caj -ó, sf, abrazado á la bandera en que se ostentaba la imagen de la Dueña y Señora de nuestros pensamientos; y cayó como el triste caballero, menos cuidadoso de sus dolores que de su reputación. Aún caído, dice Cervantes, se tenía por dichoso, pareciéndole que aquella desgracia era propia de caballeros andantes, y toda la atribuía la falta de su caballo, porque no le era posible levantarse, según tenia abrumado todo el cuerpo. Con efecto; aquel caballo alado que con la inscripción iVo jí feíí oriií se grabó en ciertas medallas de la época como emblema de nuestro poderío, hibía dado ya en tierra con el jinete, siquiera fuese éste tan bizarro y arrojado como los que en siglo tan famoso produjo la tierra española. FEAJÍCISCO (DIBUJOS na BANDA) BARADO CUENTOS VIEJOS ¿Quién fué Atlla? -Un bárbaro. ¿T qué más? ¿Le parece á usted poco? (1) Frases históricas. -DesengáBate, hombre. Yo sé por experiencia que la mujer propia es como la moneda. SI la miras por un lado, es cara; si la miras por el otro, es cruz.