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o he dicho en más de una ocasión. Para estudiar á fondo, pai a conocer con entera exactitud á nuestro soldado de infantería del siglo XVI, no basta hojear las historias y los libros didácticos correspondientes á dicha centuria. Es importante, es esencial también espigar en el campo de la novela y de la literatura dramática, sobre todo de la novela picaresca, en la que no escasean por cierto los tipos de aquellos soldados bizarros y maleantes. Y achárase muy pronto de ver el singularísimo contraste que, con todos los defectos de raza y educación, ofrecía el individuo comparado con esa unidad admirable llamada Tercio, unidad en la que se amalgamaban y descomponían todas las virtudes y todos los malos humores de nuestro pueblo. Y acudirá en seguida á la mente la misión histórica que el ejército desempeñó en aquel famoso siglo, como ninguno trabajado por las ambiciones, la discordia y la guerra. No hay más que abrir las páginas de cualquier libro que á esta milicia y su historia se refiera. Pero me ahorra tamaño trabajo el primer volumen de la celebrada obra de Cervantes, cuyo capítulo cuaito tengo á la vista, y en cuyos último? párrafos refiere el autor la singularísima aventura ocurrida á Don Quijote con unos mercaderes toledanos. Dicen así: Y habiendo andado como dos millas, descubrió Don Quijote un gran tropel de gente, que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban á comprar seda á Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con otros cuatro criados á caballo y tres mozos de muías á pie. Apenas los divisó Don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura, y por imitar en todo cuanto á él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer; y así, con gentil continente y denuedo se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y puesto en mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen- -que ya él por tales les tenía y juzgaba; -y cuando llegaron á trecho que pudieron oir, levantó Don Quijote la voz y con ademán arrogante dijo Todo el mundo se tenga: si todo el mundo no confiesa gue no liay en el mundo todo doncella más hermosa gue la emperatrin, de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso La conclusión de esta aventura pocos de mis lectores la ignorarán. Los mercaderes socarrones, después de mofarse del asendereado caballero, le vuelven las espaldas, pese á sus insultos, á sus desaforadas voces y á la inoportuna arremetida, que da con la humanidad del pobre hidalgo en tierra. Y por añadidura, aún tiene que sufrir éste el terrible vapuleo que sin piedad ni consideración le propina el mozo de muías. Comentando este pasaje, decía D. Nicolás Díaz de Benjumea que era en tales momentos el famosísimo hidalgo como la representación ó símbolo de nuestro pueblo allá en los días de su pujanza, cuando lanza en ristre y encendida la mecha mandaba á sus tercios y compañías á las tierras de Flandes y de Holanda para reducir de grado ó por fuerza á estas naciones de mercaderes. Y la comparación, aunque se estime exagerada, tiene un fondo de exactitud y de filosofía indiscutible. No es vano empeño de la fantasía ver al pueblo español en aquel hidalgo de lanza en astillero, enjuto de carnes y de imaginación acalorado, que embrazando la adarga y moviendo la lanza vase por caminos y encrucijadas á desfacer entuertos, á reñir con follones y malandrines y á sostener la sin par belleza de su dama, en compañía de un escudero socarrón más apegado á la pitanza que á lo ideal, siempre molido y siempre fiel, y que, á trueque de prometidas gajes, comparte con su dueño y señor hambres y vapuleos, hace viajes por los aires y da con su costal en tierra á lo mejor de la ocasión. El contraste originado por estas dos figuras, la del caballero enamorado de su ideal, en pos del que malbarata su hacienda y quebranta su salud, y la del labrador que le asiste, más ganoso de pan y de comodidades que de aventuras y de palos, aumenta la exactitud de aquella comparación; que al fin y á la postre, como el personaje de Cervantes, también nosotros queríamos que los mercaderes reconocieran la pureza y hermosura de nuestros dogmas, y, á trueque de conseguirlo, olvidábamos nuestra hacienda, desencaminábamos al mísero pechero y perdíamos en empeños imposibles el vigor físico y el caudal. No tuvieron, en realidad de verdad, otro objeto nuestras porfiadas guerras del siglo XVI en los Estados Bajos, puesto que si por parte de los príncipes protestantes los motivos políticos se amparaban con los religiosos, por parte del rey de España los religiosos estaban y estuvieron siempre por encima de los políticos. No hay más que leer su correspondencia. Por todo pasaba