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que cruzar, es preciso pagar el peaje con la propia cabeza ó con un hueso. 1 Cuan hermoso es vivir y andar por la corte! En torno de los milagrosos salvavidas de la calle de Alcalá se agrupan á veces más de cuarenta personas sin poder continuar su travesía, porque el pasar de los coches es cada vez más imponente y desordenado. ¡Guardia! ¡guardial exclaman desde allí; ¿podremos llegar al otro lado? -Aguarden ustedes un poco; esto no dura más que hasta las dos de la madrugada. Como hace poco impusieron á los dueños de carruajes una contribución, sería abusar de ellos exigirles que fueran al paso, porque para eso pagan. Y á los cocheros ocioso es decir que no puede hacérseles advertencia alguna. La mayor parte entran á servir en esas condiciones. Dos pesetas diarias y las ruedas libres. ¿Qué me dicen ustedes de la calle del Arenal á la salida de la Opera? ¿qué de la calle de la Montera cuando bajan despeñados los tranvías de Hortaleza y de Fuencarral? ¿qué de la calle de Villanueva cuando suben á todo galope los tranvías del barrio? -Este Madrid, dirá cualquier extranjero, es indudablemente una ciudad trabajadora, nerviosa, febril como ella sola. Aquí todos van de prisa, sobre todo cuando van en coche. Y yendo mismo; que, áalpie lo fin al cabo, si encuentra uno el término de su existencia antes de lo que cree, ¿no puede decirse que ha ido demasiado de prisa? Aquí el tiempo es oro, y mucho más cuando se ha tomado el coche por horas. Un refrán anda por ahí que indudablemente no es madrileño, aunque sea muy castellano: Ser una cosa más vieja que el andar á pie. No; aquí andar á pie y hacerse viejo es cosa imposible. ¿Será quizás que el freno ya no se usa en los carruajes? Acaso haya algo de esto, porque es innegable el descrédito de la frenología. ¿Será que el Estado, en su misión educadora y tutelar, quiere acostumbrarnos al peligro para hacernos fuertes, cautos y valerosos? El sistema es muy espartano, pero ¡quién sabe! El hecho es que, cuando se teme mucha afluencia de carruajes y caballos en cualquier sitio, mandan allá un escuadrón de la Guardia civil. Y más de un penco filósofo dice para su bocado, mirando los caballos de la benemérita: -Eramos pocos, y parió el 14. tercio de la Guardia civil. Los coches mortuorios son los únicos que marchan al paso en este Madrid. Ellos solamente ofrecen garantías á los vivos. De modo que los verdaderos coches mortuorios son todos los demás. Es decir, que, como en tiempos de FígarOj España es el país de los viceversas. No hace muchos días bajaba á todo correr por la calle de Atocha un coche de punto que venía de vacío. Un transeúnte quiso tomarle; corrió tras él, gritó, llamó, y logró su objeto al cabo de un rato. ¿Adonde, señorito? preguntó el auriga. -Ya te lo diré; pero antes haz el favor de bajar el Se atrepella. Lüís ROYO VILLANOVA DD C I L L A)