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A OCHO DÍAS VISTA La esgiliiia dei liado. -Amagar y no dar. -liorna y Valencia; Melilla y los tratados; e cólera de allá y la higiene do acá, etc. etc. Carruajes sueltos. -El público de á pie y las autorirtados de coche. -La rueda de la desgracia. -Los cruces en Madrid. -El feudo de los cochei- os. Los salvavidas de la calle de Alcalá. -El jornal de los cocheros. Düs pesetas y las ruedas libres. -Frisas madrileñas. El freno de los c whes y Isí renologia. -Va sistema espartano. -Los yerdadcros coches mortuorios. -La España de Fígaro. -MI Sa atropeUa. La suerte, el hado, la fatalidad, el sino, ó como quieran ustedes llamarle, amaga á un sitio y da en otro, con arreglo á los más elementales preceptos de la esgrima. Pero la autoridad, inocente aunque previsora, pone todas sus precauciones en el lugar amenazado y deja al descubierto el rincón vulnerable, sobre el cual viene el golpe sin atenuaciones ni estorbos. Así, por ejemplo, mientras por la vía diplomática trataban de evitarse disturbios en Roma, surgía el alboroto en Valencia, cogiéndonos desprevenidos; apiñábase el Gobierno contra el fantasma de Melilla, y venía el chinazo por la cuestión de los tratados; mandamos emisarios á Lisboa para que estudien el cólera incipiente, y dejamos que la higiene brille por su ausencia en el interior; prepáranse leyes draconianas contra el anarquismo, y permítese que los riperts dejen despachurrado al infeliz mortal que osa atravesar la calle del Barquillo. Y es lo cierto que, al menos en cuanto á Madrid se refiere, más nos preocupan las ruedas de los coches que las bombas del anarquismo preferimos la vxielta de la reacción á la vuelta de un carruaje; más queremos cien anarquistas de pelo en pecho que un auriga con dos copas de más. La circulación fiduciaria, la circulación monetaria, y hasta la circulación sanguínea nos importan un pito: sólo la circulación de carruajes nos preocupa en cuanto ponemos el pie fuera del portal. Con aterradora elocuencia decía un mozo del café de Cervantes, un momento después de ocurrida la última desgracia en la esquina de la calle del Barquillo: -En menos de siete años pasan de doce las muertes ocurridas en este mismo sitio por atropello de riperts ó coches de punto. Mas estas desgracias de los viandantes no preocupan poco ni mucho á las autoridades, que van en coche. Una gacetilla en los diarios, un corrillo en la calle y una apuntación en el cuaderno del guardia (si el guardia aparece) tal es el único epitafio de los que mueren atropellados en la vía pública. Morir del cólera, ¡eso estremece á la opinión! Morir de una explosión anarquista, ¡eso mueve al Gobiernol Pero ¡morir bajo las ruedas de un carruaje! eso es cosa de torpes, que no merecen ningún género de consideración. ¿No hay una rueda de la fortuna? Pues también hay una rueda de la desgracia, sobre la cual posa el pie un cochero borracho en vez de la ninfa bella y alocada que va sobre la otra. Cruzar la calle de Alcalá una tarde de toros, cruzar la calle de Sevilla al anochecer, cruzar la Puerta del Sol á cualquiera hora de cualquier día, son empresas dignas de los antiguos cruzados. En París y en Londres dicen que hay la buena costumbre de hacer parar á los coches de cuando en cuando, para que la gente de á pie pueda cruzar de acera á acera; mas aquí vamos muy de prisa, aunque otra cosa piensen las naciones civilizadas. Madrid es un feudo de los cocheros. El arroyo les corresponde por derecho de conquista, y por él trotan, galopan y se desbocan á su sabor; las aceras son para los infantes; mas cuando hay