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274 del museo de Berlín. En la Edad Media el Mausoleo fué teatro de las ambiciones de Teodora y de Marooia, y después de Crescencio, y luego de los varios perturbadores del dominio de los Papas, hasta el siglo XVI, en que sirvió de refugio á Clemente VII y en que vio caer mortalmente herido en sus murallas al Condestable de Borbón. Este castillo llámase de Sant Angelo por la milagrosa aparición del arcángel San Miguel en tiempos de San Grregorio el Magno. Conmemorando este prodigio, la estatua en bronce del arcángel se eleva donde hace diecisiete siglos se ostentaba la estatua colosal de Adriano. EL ARCO DE TITO En la Vía Sacra, antiguo camino de los triunfadores, se elevaban en días felices para la Roma imperial arcos de triunfo conmemorando las hazañas de aquel ejército que llegó á sojuzgar al mundo. De aquellos arcos triunfales todavía subsisten en la Vía Sacra el de Constantino, el de Septimio Severo y el de Tito. Este arco es triunfal y monumental. Tito, vencedor de los judíos, destinado por la Providencia para realizar una profecía que de largo tiempo pesaba sobre la tenaz Jerusalcn, entró en Eoma trayendo millares de cautivos de la mísera raza de Jacob, y las alhajas del Templo y el Candelabro y el Libro de la Ley. Este arco significa, pues, la gratitud del Senado y del pueblo romano por tan insigne victoria, y el recuerdo del suceso histórico más trascendental en la vida del pueblo hebreo. Todo esto se contiene y se puede aún observar en los bajo- relieves del Arco de Tito, no tan mal tratados, á pesar de los años y de los elementos y de los disturbios de la Edad Media, en que sirvió de fortificación, que no ofrezcan- como un libro interesantísimo la historia prediclia y preescrita por Isaías. El viejo melancólico, recostado y casi moribundo, que figura en los bajo- relieves, es el Jordán, que simboliza un pueblo que arrastra penosamente las cadenas de la esclavitud moral. Aquella mesa áurea con vasos sagrados, aquellas trompetas del jubileo, el candelabro de los siete brazos, todo formó un día las delicias y el esplendor del culto antiguo, abrogado por la Ley nueva. Los judíos no comprendieron el espíritu de aquel libro, de que son providenciales guardadores, y los soldados romanos tuvieron la misión, también providencial, de castigar á la Jerusalén deicida y de reducir á escombros el Templo, cuya misión y cuyos destinos habían ya terminado. Durante el cautiverio en Eoma de aquellos millares de judíos apresados por Tito, ninguno de ellos pasó una sola vez bajo el arco que conmemoraba su derrota y su desgracia.