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267 -Asi muera en este instante si me ido yo á la cuenta de si ella tiene ó deja de tener, que no soy yo euhdicioso mayormente; y, vamos, que no me da otra el corazón más que el gusto de su hermosura y el quererla por la majeza y el contento que da A los ojos sólo el mirarla, exclamó Fabricio con vehemencia. -A todo hay que echar la cuenta, Fabricio, y buena es la moza, garrida, con brincos de oro; que con la, probeza no se dan más que afliciones y pesares, y se debe mirar por mañana é sotro día, que no hemos naeio para vivir del aire, replicó Peroles. Y luego, poniendo la cara grave y tan ceñuda cual suelen ponerla los hombres que pesan razones, miden distancias y calculan beneficios ó recelan males, añadió con acento grave y rectitud en el habla: -Ya, tiene sus siete pares de labrar: eú ellos las dos vacas de la feria del Benco, que entonces las mercó; una muleta muy maja; os puede dar garbanzos, pan y matanza para el año; con más, que tiene majuelos en Navas de Oro y buen vino de Ribera Pero tío Celedonio no se arranca por naide; es asina de agarrado. Y al decir esto, tío Peroles cerraba muy prietamente el puño de BU mano derecha, para dar idea de la dura avaricia del tío Celedonio. -Prometer prometerá, añadió; esto poco le cuesta; pero habrá de cumplir lo que prometa cuando la rana críe pelo... ¿Qué se me da á mí, tío Peroles? exclamó acaloradamente el mozo Fabricio. Ande, que no estoy desnudo del todo, ni ando á pedir por puertas, que sangre tengo y alma para trabajar como trabajó padre, que esté en gloria; con más, que aunque los tiempos no son muy buenos, también buscan y encuentran los pajaricos. Y al decir esto señaló á unas pajaritas de las nieves y á unas alondras moñudas, las cuales iban con paso muy apresurado y gracioso andando y picoteando por la nieve. -Te falta sentido, Fabricio, dijo Peroles; los mozos tenéis la cabeza alocada, y la sangre se os requema dé seguida, y allá va todo, ííi arrepararog, y aluegn viene sin cuenta lo de mucho decir: ¡Quién pensara! ó iQuién me dijeral -Miste, tío Peroles, exclamó el impaciente Fabricio; andando que andando en estas tiologias, el viejo ha de negarse á la boda ó de retrasarla, y así yo no me caso, ó me casaré Dios sabe cuándo. De hambre no hemos de morir ni María ni yo; conque deje usted correr el mundo. -TSfo tienes concencia, exclarnó Peroles. ¿No ves que dimpués vendrá el pío pío de los hijos? ¿No se queda hoy el trigo en las paneras? ¿Cómo anda el negocio de la uva? Ya puedes echarte á pedir dentro de poco. Pero á la postre, ¿tú lo quieres? -Está claro que lo quiero, replicó Fabricio. -Pues anda, y vamos al Espinar á pedir la moza y con tu pan te lo comas, que lo que es del suyo, ni migajas ws tocan. Diciendo esto, bajaron del cerro y tomaron por la calleja del Espinar, paso tras paso, lleno de gozo Fabricio y saltándosele del pecho el corazón; en fin, contento como unas pascuas y ardiendo en deseos de ver á la moza. Era muy de mañana todavía cuando llegaron al pueblo; atravesaron la plaza, pasando por frente á la casuca del herrero y herrador veterinario, que se hallaba trabajando en el yunque y ante el rojo horno de flameante y avivado fuego y el fuelle, que resoplaba á intervalos, señalados por los fulgores relampagueantes de la calda, como los ruidos del trueno se hacen visibles por repetidos y fugaces esplendores eléctricos. Cuando llegaron á la casa del tío Celedonio, apareció María con sus ojos brillantes de alegría; era moza de talle muy ceñido y airoso, con abundante cabellera rubia bien repeinada, boca al vivo color, y fresca como sólo por la doncellez y la juventud la muestran las mujeres; su rostro era tan bonito como si de propósito el mismo Dios hubiera querido tener cada unS- de las facciones que le formaban su delicada lindeza; y con esto, de risa muy alegre y de movimientos llenos de soltura y de gracia. Bien se lo había pintado á tío Peroles horas antes Fabricio, el cual, hablando de ella, le habla dicho: -La moza es más lucida que un manojo de flores tiene la cara con una color, que es una hermosura mirarla; y los ojos iqué sé yo cómo decir que son los ojosl Bien que ni stes ni alegres, ni temerosos ni aturdidos. jVirgen del Cubillo, qué ojos!